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viernes, 16 de agosto de 2024

Manuel

Cada tarde, al salir de clase, íbamos a tu casa. En tu cuarto hacíamos la tarea, que siempre había. Tu madre nos preparaba bocadillos de nocilla o de mantequilla con azúcar y abría dos cacharros de jugo libis de melocotón. Luego, subíamos los seis escalones que separaban el patio de la pequeña huerta que ella llamaba los renglones. En un renglón, el mas pegado a la pared para poder amarrarlos de las cuatro punchas torcidas que tenía clavadas, había tomates, en otro ajos puerros, otro cobijaba zanahorias hermosas de naranja curioso, cebollas blancas y rojas de incógnito hasta la zafra, ajos, judías y otros verdores.

En la esquina del fondo estaba la higuera, enorme y perfumada. Bajo su sombra matábamos el resto de la tarde. Venían canarios verdinos, y unos pinzones con el pecho azul y el logotipo de unos tenis en las alas que siempre nos tenían cagados por si nos cagaban. Las pocas veces que hablábamos lo hacíamos del pelo de aquella, del balón nuevo de aquel, de la forma de decir "propiedaz" del profe de ciencias, del desapego por las matemáticas y lo bonito de los números. Soñábamos con ir un día donde se tomaron las fotos que daban color al atlas, o con haber estado en los sitios de los que hablaba el libro de geografía e historia.

De vez en cuando, tu eterna madre asomaba la cabeza y nos gritaba que no estuviéramos al sol que se nos secaba no se qué, que por que no íbamos un rato a la plaza. Bajo la higuera olía bien, se estaba fresco y no había que hablar si no apetecía, ni dar patadas a un balón sobre baldosas incordiando palomas, ni llenar el suelo de un rincón con cáscaras de pipas.

Tres tardes después del día en que celebraron mi cumpleaños numero catorce, bajo la cómplice higuera, amparados por su sombra, la ausencia de pájaros, el chirrido del sol sobre las hojas del perejil y la mirada incrédula de los escarabajos, nos besamos. No se quien tomo la iniciativa o ni siquiera si la hubo. Se que fue algo tierno, acunable, redentor, cálido, que me inundó de una alegría que no he vuelto a sentir y que, aunque probablemente duró unos segundos, yo aún estaría sujetando tu cabeza y mirando sin ver con los parpados cerrados mientras tu posabas tu mano en mi costado.

Luego vinieron, arrastrados de silencio, los ojos gachos. Sin atrevernos a mirar, sentados sobre las esteras que pusimos el primer día, yo arrancaba con desgana la hierba a mi alrededor y tu tirabas todo lo lejos que podías cualquier cosa parecida a una piedra que estuviera al alcance de tu mano.

Nunca hablamos de aquello.

Muchos años después, probablemente demasiados años después, mientras unas máquinas mas ruidosas que amarillas derriban la que fue tu casa y vuela por el aire un cartel en el que el ayuntamiento advierte: "Propiedad abandonada. Estado ruinoso, Precaución, peligro de derrumbe", recuerdo tus palabras cuando terminamos los deberes de aquella primera tarde en tu casa: vamos con los demás a la plaza, o al final van a pensar que somos maricas.

Muchos años después, probablemente demasiados años después, entre la polvareda de los muros caídos y la pesadez de mi nostalgia, caigo en la cuenta de que, en tu casa, en la huerta de tu madre, jamás hubo una higuera.


Photo CC0 by wal_172619

jueves, 25 de junio de 2020

Como niño

De las campanas nones, en las horas pares, brota el limo que cura creyentes. Mientras, un aventador de salmos recoge almas desde los bancos del templo.
Vuelve el tiempo sereno y, con el, la dicha de caer rendido donde velará tu sueño un perenquén y el pagaluz aireará la bombilla que nadie recuerda.
Con mi mejor traje, este domingo arrastro una silla hasta la tierra de mis mayores. Allí me siento, por ver como la maleza ahoga al tiempo.
La tierra de mi infancia comenzó a escribirme cartas cuando cumplí seis años. Ahora, no se como desatar la cinta que une los sobres sin abrir.
Dedicaré lo que me queda de luz a volver al tiempo de mis padres. Allí, me dejaré llevar como el niño que todo lo tiene resuelto. Como niño.



Photo CC0 by WenPhotos

domingo, 13 de octubre de 2019

Despertar

Hubo mañanas de despertar y no reconocer el pantalón quebrado contra una silla. Hubo amaneceres de sorpresa plegada en tu camisa bajo la cama. Hubo mañanas.
Como yo siempre despertaba antes, hacía trueques con el placer de los instantes. Contemplaba tu cara dormida, el movimiento de tus ojos bajo los párpados, el pálpito métrico de tu pecho, el rubio erizar de tu cuello. Tus labios, curiosos como un niño.
Y recordaba nuestros encuentros en el taciturno parque del verde banco. Tu forma de beber en la fuente, tus calcetines tunos de frotar zapatos, tu luz.
Hoy recuerdo tu sabor. Supe de todos tus rincones, recovecos y cámaras secretas, de lo dulce  hasta el empalago y lo salado mientras despierto. De todos.
Y soy incapaz de olvidar el sabor de tu vida en la comisura de mis labios, el olor de tu cuerpo que me hacía caracola. Ya no consigo librarme del cansado sudor que bendecía tus sábanas, ni de mi empeño en quererte.


Photo CC0 by PIRO4D

martes, 21 de mayo de 2019

Menaje de cocina

Salía cada mañana temprano, oscuro aún. Conducía aquel cacharro de décimo quinta mano que más parecía un carro de combate que un coche. El asiento delantero era corrido, de escay rojo. Un infierno en verano, ruidoso y frío en invierno. Había que encomendarse a muchos santos cuando se pretendía frenar. Tenía un maletero enorme que olía a caucho. Se jugaba la vida a diario haciendo más de cien kilómetros por trayecto, entre autovías y carreteras infames. Y luego la vuelta, el tedio de la carretera de vuelta. Vendía cacharros. Menaje de cocina, decía.
Tenía sólo dos pantalones grises desteñidos, un cinturón marrón malparado que se le había quedado grande, cuatro camisas de cuello gastado, dos corbatas azules, una americana raída y un par de zapatos en ruinas. Llevaba un portafolio de plástico verde con fotos de sartenes, cazos y ollas a presión. Nadie le preparaba café al salir, ni le decía hola al llegar.
Visitaba bazares y tiendas de pueblos con nombre sonoro de pasado aborigen. Ofrecía su género con convicción fingida y labia estudiada. Hacía como que no notaba las miradas de conmiseración de sus potenciales clientes mientras explicaba aleaciones de acero y las ventajas de cocinar al vapor. Aparentaba no notar las miradas de lástima, los ojos fijos en sus zapatos, el desagrado ante los cuellos de sus camisas. Su comisión, los meses buenos, cubría gastos. Alquiler, agua, luz, gas-oil...
Comía lo que llevaba de casa en una tartera de aluminio, casi siempre a pie de carretera, bajo la sombra de un laurel o un sicomoro, un árbol de sur. No puedo saber que pensaba en esos ratos, pero puedo casi notar la rabia, la decepción, la tristeza, la soledad. Puedo imaginar el miedo respirando agitado sobre su nuca.
Yo nunca di importancia a todo esto. No me cuestionaba de donde salían las cosas de vestir o de comer, los libros, los zapatos o los médicos, las gafas o las vacaciones. Nunca le dije hola cuando sonaba cansada la cerradura de la vuelta a casa. Nadie me dijo que debía quererle. Nadie me explicó...
Cerca de casa hay, como cerca de muchas casas de mi pueblo, un barranco. Cuando llueve con fuerza, siempre hay una piedra que parece dejarse llevar barranco abajo pero, no se mueve del sitio. Muchos años después, también yo intenté aprender a ser padre.



Photo CC by Min An

Caminar tras de ti

Caminar tras de ti.
Ni a tu lado ni de tu mano. Adentrarnos en el alto trigo, harinando las palmas de las manos con el roce de las espigas.
Con los brazos extendidos avanzamos como ángeles sin aeropuerto, espantando conejos y mirlos negros sin harapos mientras tu ríes, y yo te observo.
El sol viene ya a jugar. Se pone a la altura del trigal regalándome tu contraluz tras el mundo y tu pelo como virutas de carpintero.
Te giras y me miras. Alzas los brazos enroscando la luna en su portalámparas, y así anochece. Los grillos resuenan en tu boca cuando al fin me besas.
Quien podría no amarte, si hasta la tierra que pisas detiene su andar por conseguir un minuto mas, construyendo tu antojo. Y mi alegría.



Photo CC0 by stocksnap

domingo, 29 de enero de 2017

Al sur

Quiero caer al sur, mas al sur del sur en que vivo, mas al sur de tu mirada.
Mas al sur de güifis y automóvil, por abajo de este día a día, de esta losa sobre losa que te deja un sabor en la boca como de permanente tarea inacabada.
Y allí quiero vivir en una vieja casa erguida y protestona, de radiantes ventanas abiertas a un cielo color ancestral y enamorado. Una casa de techos altos, de bombilla sola y araña en usufructo, habitada ya por salamanquesas y un camaleón de colores. Mil capas de pintura, paredes gruesas de desconchón y tornasol, como una plaga de líquenes mágicos imparables. La silla que cruje, el azulejo que falta, los grifos que hace años se echaron al monte. Asientos de enea, andares de esparto.
Quiero caer al sur de un pueblo de empinadas calles sin aceras, con niños de alma descalza que no olvidan lo que son, con una rendida plaza de orgulloso flamboyán y viejos con sombreros que calzan sobre platino. Y que todas esas calles mueran besando la orilla de una rada, abrazada por la escollera que hicieron los ya lejanos, calmando los vaivenes que lamen un muelle negro de sol y piedra antigua.
Yo quiero caer al sur y, desde el muelle negro, lanzarme cada mañana a la mar, y entrar en ella como un dedo en una tarta y que la mar me reciba como a un bebé en su vientre, un sur donde el cartero sea gordo, el municipal se pase el turno jugando a las cartas, el alcalde gobierne pescando y la peluquera te coma con los ojos.
Al sur de tu mirada, donde el vino sea blanco, el corazón de arándanos, el hielo no dure nada y las tardes toda una vida, donde convivan olivo y palmera, pistacho y anís. Un sur algarabía de lonja y Estambul. 
Yo quiero caer al sur y, en la plaza sombreada, al anochecer, beber absenta, comer de lo que haya y fumar lo que me pongan hasta que, a medianoche, la única pregunta sea: ¿a qué hora es la marea?
Quiero el lugar donde se oye hablar en un idioma dulce y triste como malagueñas, y al instante sabes que lo has de aprender enseguida.
Y quiero caer al sur donde tú estás, quiero encontrarte y que seas como siempre me advirtieron que serías. Quiero que entonces entres en mi vida, me quites los lápices y los aforismos, y nos dediquemos a amar y a esperar la marea.


Photo CC0 by user 3888952 Pixabay

sábado, 21 de enero de 2017

El tenía

El tenía las manos amargas de viejo pescador, como la arriscada pared encalada por la que corre arrastrando penumbra el perenquén. Lo mismo le arrebataba un atún a la mar agreste jalando por sus agallas que, remendaba, delicado, trasmallos imposibles de enredo y osadía.
El tenía los ojos como bañeras de agua sin sal en las que es fácil hundirse. Ojos que lloraban con espuma de costa oscura en otoño, como si al mundo le hubieran desconectado el sonido. Ojos que reían como ríe el lagarto cuando el sol se asoma al muro de piedra que es lindero de tu huerto. Pared que hace siglos el tiempo levantó para que fuera su espejo y frente a él afeitarse cada mañana, antes de dar cuerda al reloj.
El tenía los brazos grandes, y los pájaros preferían posarse en ellos a arruinar trigos y millos. Con esos brazos te llamaba y, si acudías, te abrazaba para siempre.
El tenía un pecho, sonoro y abierto a cualquier pregunta, en cuyo interior languidecía sin saberse un corazón enorme amarrado con alambres a amores imposibles. Un corazón al que alimentaban arterias sin riberas ni sauces, como barrancos, como ríos de pre escolar.
El tenía fuerte la espalda del mucho cargar sacos de café crudo, y tenía fino el olfato para saber cuándo ya estaba tostado. Con esa espalda, se apoyaba contra el tronco de un olmo a pedirle peras, a no entender por qué las manzanas se enamoraban del otro lado de la Tierra, a escribir versos malos de poeta bueno.
El tenía el alma de surfero (Locals Only), y el pelo rubio de salitre y Ocadila. Tenía las tardes de cervecita y sardina, el pantalón corto y la chancla rota de mariscar, la mañana tranquila de tarajal, el gesto suave de salir el sol.
El tenía ágil y justa la palabra. Era como estar bajo una sábana de flores, era asomarse con ojos curiosos a su embozo y sentir el cosquilleo de miles de hormigas en tu colchón de hierba fresca, era de Niro saltando por la ventana.
Hoy, como los buenos virus y los malos "realitys", hace veintiún días que murió.
Sin avisar, metió en una caja dieciséis libros, dos fotos y un disco, y se fue arrastrándola cuesta arriba camino del cementerio. Se le unieron en cortejo cuatro amigos descubiertos en aquel momento, que le acompañaron sin decir palabra, cabizbajos, contando los parches del asfalto. Al llegar al camposanto, buscó su tumba, tiró al fondo la caja y bajó a sentarse en ella. Pasado un rato, con sus famosos y enormes brazos, comenzó a arrastrar al interior de la fosa los montones de tierra que a sus costados había, y los jarrones con flores mustias y agua fétida de las tumbas vecinas, y a los cuatro desconocidos amigos, que saltaron prestos al exterior sacudiéndose lutos y raíces de violeta.
Cuando estuvo enterrado, se dedicó a morir con el mismo ímpetu con el que se había dedicado a lo contrario y la tarde quedó como un calcetín viudo, tendido solitario en la enorme azotea del invierno.
El tenía mi amistad y mi incondicional afecto y, ahora, yo me creo surgir de él como un grelo, como la raíz aérea que busca en el muy conseguido decorado del cielo la puerta sin picaporte que da a la sala de espera de un dios cansado en su inmortalidad.
Allí me siento a esperar una explicación que sé no llegará. Allí me siento a recordar lo mucho que vivimos, y lo mucho que está durando esta muerte.

Photo CC0 by sturmrocker

jueves, 16 de junio de 2016

A quienes amé

Cuando aún no tenía edad de estar orgulloso, ya me enamoraba hasta la sinrazón.
Éramos jóvenes, teníamos el pecho abierto, la cara presta a la sonrisa y la piel suave. Hablábamos poco y demasiado alto.
Una mecánica precisa acarreaba nuestros cuerpos hasta los lugares de amar con bellas vistas a la iluminada ciudad de allí abajo, o a los dulces sonidos del cansado mar rompiendo. Allí nos erizaba la piel el recuerdo fresco del roce clandestino, del escalón de confidencia y mirada de horas antes, y nos empañaba los cristales del coche el convencimiento de nuestra grandeza, la rendición de lo inevitable.
Así amé mientras me consumía. Amé con rabia y determinación, y el amor era como una bienvenida, como una torre de piedras blandas cayendo entre ríos. Las preguntas no necesitaban respuestas, los libros se regalaban con dedicatoria y la música tenía ruido de alambres.
En aquel tiempo de amor y bendita indiferencia por los calendarios y la arena cautiva, hubo últimas filas de cine sin barrio, manos entrelazadas explorándose por no menos anhelada que primera vez en el asiento del paseo, paseo romántico de media tarde a la luz de los helados, amor furtivo de llaves prestadas, casas de amigos, moribundos abrigos de lana bajo el torrente de abril, taberna, mesa y corazón tallado. Y besos, muchos besos convalidando asignaturas de vida.
A la ruleta que jugué entonces, la banca nunca perdió, y aunque intenté morir dos veces por el mismo amor, aunque quise matar el recuerdo abonando la baldía tierra de la noche, poeta aprendiz de nicotina y alcohol, hoy, sordo por mi bien ante lo que me rodea, ante lo que me abraza como abraza al recuerdo el muro de un cementerio, solo conservo gratitud.
Gran parte de lo que fui, y la inmensa realidad de lo que hoy soy, es herencia de aquellos cuerpos, de aquel dolor y aquella ventura. Hoy, parado sobre lo único que tengo, sustentado por mis dos piernas, arropado en el orgullo de recordar cada uno de los te quiero, cada una de las primeras veces, doy gracias a quienes amé por el infinito asombro que aún me produce, el haber también sido amado.


Photo CC0 by Sebastian Voortman

martes, 8 de marzo de 2016

Cuando era como tu

En el último cajón de la cómoda que hay en el pasillo, bajo el gastado álbum de sellos que fue de papá y entre los pliegues del mantel bueno para las ocasiones caras, conservo una fotografía tomada un quince de marzo a los pies del monumento a los vencedores de una guerra entre hermanos, que tu y yo no vivimos.
Sentados en los escalones que llevaban al monolito, un grupo de amigos, aterradoramente jóvenes, posábamos sonrientes para la Leica que nos apuntaba. Todos menos tu. Tu, dos escalones mas arriba, y a mi izquierda, me mirabas.
A mitad de aquel marzo lejano, en aquel monte de pino y brezo en el que la lluvia empapaba de este a oeste, celebrando cumpleaños y complicidad, tu y yo éramos iguales.
Cuando yo era como tu, aún no había cicatrices, y el mundo estaba lleno de velas y bares cálidos, de Silvio y ron.
Cuando yo era como tu, nuestros pequeños corazones sin uso tanto latían contra un asiento trasero, como entraban juntos en el agua mansa de una orilla, o salían de entre los eucaliptos cogidos de la mano.
Cuando yo era como tu, el sol tenía un sonido en espiral y la luz entraba por tu pelo sin pedir permiso, rebuscaba entre las llaves de mi voluntad probando una tras otra, hasta encontrar la que abría mi abandono.
Cuando yo era como tu, nos esperábamos, nos advertíamos y nos aferrábamos al instante del aire compartido, del silencio encontrado, con el profundo asombro del descubrimiento.
Cuando yo era como tu, te amé hasta lo inconfesable, tan solo por imitarte. Cuando éramos iguales, metimos la mano en el fuego, y encontramos agua.
Ahora que soy como yo, de vez en cuando, como hoy, rebusco en el último cajón de la cómoda que hay en el pasillo y me siento a mirar cómo me mirabas. Es entonces cuando me someto a la memoria y su yugo, y sueño con reconstruir lo que fui cuando era como tu.
Ahora que soy como yo, apenas consigo recordar lo que todavía he de escribir para poder acostarme a olvidar temprano.


Photo CC0 by pruzi

martes, 1 de septiembre de 2015

Amigo invisible

Soy tu amigo invisible. Soy tu amigo invisible y te abrazo cuando quieras y me dejes, que yo querer, quiero siempre.
Estoy contigo cuando duermes y cuando despiertas, cuando los días son ligeros o inacabables. 
Cuando rasca la marcha atrás aparcando pongo caras cómicas y, cuando se rompe la bolsa del súper en el rellano frente al ascensor, suspiro contigo y me arrodillo a tu lado a pescar latas y pimientos.
Soy tu amigo invisible y te acompaño al dentista, al banco y a pasear por la orilla del río. Soy tu amigo invisible y me convierto en un niño con mocos y con tiritas en las rodillas para ser amigo también de tu hijo, y me convierto en un viejo con bufanda y sabiduría para serlo también de tus miedos.
Te abrazo con abrazo de padre, de hermano, de amigo o de amante, pero te abrazo siempre, porque soy tu confidente amigo invisible. Invisible porque solo tú me ves.
Junto a ti cuando sonríes ante una ocurrencia, cuando despliegas esa fina ironía tuya y ese exquisito desapego por lo común.
Junto a ti cuando lloramos en los ojos de un niño atónito ante una alambrada, abrazado a un peluche flaco de dejar rellenos en el desierto, o por un ahogado extraño en la playa del todo incluido, afeando el aperitivo de los que creen tener suerte. Cuando te hiela la sangre lo injusto, cuando compartes, cuando cierras tras de ti la puerta de tu celda.
Sé que tienes frío, pero, como soy tu amigo invisible, y todo lo puedo, encenderé en mitad del páramo que compartimos una enorme hoguera con la leña de todas las veces que hemos estado a punto de abandonar, de sucumbir a los latidos sin compás que nos rodean y, sentados junto a ella, te abrazaré como se abrazan las certezas.
Cuando solo queden rescoldos te acompañaré de vuelta a tu celda, pondré papel en la máquina, y te dejaré escribiendo una carta para mí.
Soy tu amigo invisible, y te abrazo sin carne, que es como se abraza lo que los demás no pueden entender. 


Photo CC0 by robinsonk26

viernes, 31 de julio de 2015

Solo para mi

Llevo todo el día queriendo escribir algo. Supongo que la causa está en los versos que leí esta mañana, temprano, y que me recordaron a ti.
El caso es que así he pasado toda la mañana y buena parte de esta tarde, queriendo decir algo y sin saber muy bien qué. Me obligo a intentarlo, en parte por tener el bálsamo de las letras abandonado desde hace tiempo, y en parte porque tu recuerdo no cesa con el paso de las horas.
He pagado el alquiler del próximo mes, he bajado la basura, y he fregado el pasillo con agua de tres colonias, como me enseñaste. Procuro mantener la casa limpia a pesar de saber que es solo para mí. No espero visitas porque las visitas, o están muertas, o se saben no queridas.
He limpiado la jaula con el canario que dejaste a mi cuidado y sin encargo. Iba a decir que quedó muy bien, pero en realidad lo que quedó es muy limpia.
He tirado unos cuantos juguetes rotos que se acumulaban en una caja de cartón desmemoriado. He levantado luego la caja y barrido debajo. Cuatro o cinco fantasmas han salido corriendo, despavoridos, con un berrinche. No he sentido remordimiento ni escalofrío alguno cuando esos recuerdos retumbaron contra el fondo del contenedor de basuras.
A mediodía he puesto la mesa con esmero, a pesar de saber que es solo para mí, y he recalentado lo que queda del estofado que preparé el martes por la tarde. Me apetecía vino, pero vino no había, así que he acompañado el almuerzo con agua y he prometido emborracharme esta noche. La carne ya sabía un poco rara, pero aun así me he esforzado en comer mucho y con apetito, a pesar de saber que comía solo, y solo para mí.
Tras fregar los platos, me ha dado por llorar. Y lo he hecho de espaldas al fregadero, mirando la sombra que dejó en la pared de enfrente el calendario de años pasados. Luego me he cosido el fondo de un bolsillo por el que se empeñan en besar el suelo las llaves.
Esta noche, tras acabar al menos una botella de vino frente a la pantalla de un televisor multicolor y mudo, llegaré con la máxima dignidad posible hasta el dormitorio. Allí, la cama que hice esta mañana me espera, y yo me dejaré caer en ella abarcando su enormidad, ocupando toda, recorriendo su arenal helado. Y en ella me dejaré dormir con placidez, a pesar de saber que es solo para mí.
El poeta de esta mañana escribía a su yo más joven del pasado, y le pedía que por favor no lo dejara escapar, que cuidara aquel amor incipiente, lo protegiera y jamás renunciara a su compañía y amparo.
Si yo pudiera escribir a mi yo más joven del pasado, no sé muy bien que le diría. Nada extraño teniendo en cuenta que llevo todo el día queriendo escribir, queriendo decir algo.


Photo CC0 by stux

viernes, 26 de junio de 2015

Olía

Esta mañana, como otras tantas, he aparcado en batería en el sitio que, cada mañana a esta hora, está libre. He puesto el parasol sobre el salpicadero porque a mediodía esto es un horno. Como cada mediodía.
Como cada mañana he ido al bar donde el camarero que cree conocerme y del que yo ignoro todo me ha puesto, que no servido, el café y el agua con gas de cada mañana.
A mi lado, dos señores cargados de razón se lamentan de que ya nadie quiera trabajar doce horas diarias, en turnos alternos y por un puñado de papel moneda; sentencian que la excusa de esta juventud es que apenas pueden ver a los niños. Les asistirá su razón y a mi, probablemente, me importe bien poco.
Pago mis setenta céntimos y encaro la puerta, no sin antes desear buenos días y dar las gracias a quien no los merece ni las contesta, que las mierdas aprendidas en la cuna son duras de pelar.
Camino de nuevo en dirección al maletero del coche donde me espera la neverita con mi sándwich de jamón y queso, el mini jugo de melocotón con cañita retractilada, la botella de agua rellena de agua del grifo, y el suspiro del vuelta a empezar.
Sin embargo, hoy, a la altura del ostentoso edificio de los que deciden a quien va el agua de riego de esta isla, me he cruzado con ella. Y ella conmigo.
No recuerdo cómo iba vestida, ni el color de su pelo negro rizado, si llevaba o no prisa, ni si tenía mi edad o la suya.
Solo recuerdo su olor.
Olía a mis recuerdos de infancia.
Olía a chuches inexplicables de sabor malva, a conos de madera con aros de colores, a babi azul de rayas con mi nombre en una cartulina con osito en el bolsillo, a maestra hermosa con falda verde, a guardería en el bajo con ameno patio de vecinos. Olía a mi casa, a mi madre cuando me quería. Olía a mis diminutas botas con diminutas plantillas de plomo forradas de escay, mis pies planos y mis dioptrías, mi parche en el ojo, mi pelo ondulado y tierno, mis gafas de pasta para niño, pagadas con pasta para adultos.
Olía al vago y dulce recuerdo de una infancia que, cada día, el monótono acaecer de lo cotidiano se empeña en hacerme más difícil el poder asegurar que en algún momento existió y, aun así fue eso, infancia.


Photo CC0 by Dương Nhân 

jueves, 23 de abril de 2015

Sant Jordi

Esta tortura de tenerte cerca, como la mesilla tiene a la cama, como la silla desde la que se vela a un enfermo tiene a esa cama y no poder hundirme en ti, en tu risa, en tu olor.
Hablas y, mientras dices, yo intento que no se note que mientras hablas, yo te cuento los lunares de los brazos, que me imagino buceando entre tu pecho y tu camisa.
Este quiero y no puedo de haber llegado tarde, a destiempo y con el pie cambiado. Me miras, y se me paran los pulsos copleros, me tocas, y la sangre se me viene a las orejas dejando pálido un corazón que quiere huir de este cansancio diario del malquerer, de este consumir de velas apagadas e imposibles.
Ensayo cada día, ante el espejo de los cobardes, el cómo decirte, el cómo explicarte estas ganas, este mal vivir del deseo contenido. Del pánico al, gracias, pero no.
Quererte es como mirar al mar renegando de la tierra que te sostiene en la orilla. Y no saber nadar. Quererte es mi motivo y es la causa. Quererte es lo que tengo, lo que gasta las pilas de mis pasos. Y lo que no debo.
Soy la arena de mis gatos, el palo sin zanahoria de quien insiste en avanzar a pesar de la ausencia de destino, de la falta casi de camino.
Mientras, continúo adorando la posibilidad, llevando tus maletas, colándome en tu cine para verte de cerca, por si un día pasa el eso no va a pasar. Y continúo escribiendo por si un año, por Sant Jordi, se te ocurriera leer el papelito con el que siempre acompaño tu rosa.


Photo CC0 by DGlodowska

miércoles, 13 de agosto de 2014

Historia de amor sin estrellas


La cortina serpenteaba asediada por un aire frío, incluso para esa época, que se colaba por la ventana entreabierta. No sabía muy bien en qué fase andaría la luna, pero brillaba lo suficiente para blanquear unas nubes esponjosas y cadavéricas que, contra el único azul oscuro cielo que había corrían atosigadas por vientos de idiomas remotos, y cruzaban de una esquina a otra el rectángulo de cristal que había hecho instalar en el techo inclinado (abuhardillado decía ella) del dormitorio, justo sobre la cama. Parecía como si el heredero de un tiempo, con ojos de antílope aterrado, empujara al interior de una talega bolas de algodón recién arrancado. De vez en cuando, entre nubes, en los claros de azul oscuro brillaba por un instante una estrella, y él creía sonreír.
En ese pueblo blasfemo casi siempre el cielo estaba cubierto de nubes, noche y día. El no la quiso desilusionar cuando ella insistió tanto en instalar la claraboya sobre la cama para “ver cada noche juntos las estrellas…”, ni protestó cuando tuvieron que pasar casi dos semanas durmiendo entre el sofá y un colchón en el suelo del salón, ni dijo nada cuando, noche tras noche, lo único que se veía a través de aquel cristal era oscuridad.
Cuando ella se marchó, envuelta en un taxi negro, sin volver la vista atrás y mucho menos el pensamiento, el subió al dormitorio y se acostó boca arriba en mitad de la fría cama, y miró fijamente el cielo gris sobre el cristal. Abajo, en la cocina, un grifo goteaba contra el fregadero dando cuentas de ábaco del paso del tiempo, convirtiéndose en metrónomo de la casa.
Transcurrido un tiempo sin medida, de las puntas de sus dedos brotaron raíces que se extendieron por el suelo de madera, de allí a los pilares de la casa, a sus cimientos y, al final, a la tierra de la que comenzó a alimentarse. Sus otras necesidades, simplemente desaparecieron.
De vez en cuando apartaba la vista del techo y contemplaba el cuadro que ella pintó cuando estudiaba en Barcelona. Era una especie de prado tachonado de violetas, sus flores favoritas. En realidad, la pintura no era muy buena, pero era lo único que había dejado atrás, quizá precisamente por eso.
Muchos golpes de metrónomo después el ayuntamiento decidió que, justo bajo su cama, debía pasar la nueva carretera que permitiría a los vecinos escapar mucho más rápido de aquel pueblo, y envió a unos asalariados con casco blanco, chaleco amarillo y bloc de notas azul a confirmar la viabilidad de la demolición y comunicar la expropiación del inmueble.
Paredes, techos y suelos, ventanas, muebles y puertas. Todo estaba cubierto de una nudosa manta de raíces, como un manglar, como un pantano surgido de los lápices de Rick Veitch. Hubo habitaciones a las que hubo que entrar abriéndose paso a golpe de improvisado machete, como a la cocina, en la que un grifo que goteaba había horadado la loza del fregadero y el agua caía sobre las raíces del suelo, verdeadas.
Subiendo por la ahora amazónica escalera, arriba, en el dormitorio principal y sobre un tálamo de raíces que se erguía bajo una claraboya, en su centro, una diminuta violeta se alzaba desafiante. Una flor desvalida y triste, como una mente sin juicio, con su amarillo ojo mirando al cielo del otro lado del cristal, un cielo que, como casi siempre en ese blasfemo pueblo, estaba cubierto de nubes, noche y día.
Tres meses después la casa fue derribada y sus escombros amontonados. La noche del día de la demolición, bajo un cielo limpio y sin luna brillaron atronadores millones de estrellas, y las violetas de una acuarela abrieron antes del alba sus pétalos, y creyeron sonreír.


Photo CC0 by Pansyfun




lunes, 28 de julio de 2014

Historia de amor sin nombre

Yo recuerdo el color de la cafetería a la que íbamos al salir de clase. Recuerdo las mesas y sillas dispares y de madera, la cara del camarero, los estantes combados por el peso de tanto libro bueno y espeso, los pósters del Che, las citas a bolígrafo sobre la pintura de las grasientas columnas, la música legible, el café hirviendo, los tableros de ajedrez huérfanos de damas. Y recuerdo tu olor, o, mejor dicho, recuerdo como huele tu recuerdo.
Como en toda historia de amor, naturalmente era invierno y afuera llovía. El suéter que te había tejido tu madre en tres sobresaltos viendo Falcon Crest, olía a flores sin heredad y a los senos fuertes de pezones morenos que tardes atrás me presentaste, sin aviso, con intención, como una visita de primos de paso.
Nos había descubierto la lluvia y corrimos hasta el café. Entramos mojados y parando con la mano el estrépito de la campanilla sobre la puerta. Como cada tarde, nos sentamos a mirarnos hasta que dieran la diez. Tomábamos café y fumábamos tabaco de pipa que tú liabas dando por sentada mi torpeza con el papel. Hablábamos de lo humano, por no creer en lo divino, de lo justo y su contra, de milicos y Monedas, minas de Asturias, caras al viento y gaviotas en Madrid a por el mar.
Soñábamos con manifestaciones que nunca se convocaban, y con correr delante de una policía acomodada y obesa que jamás nos perseguiría. Soñábamos con la utopía que vale redundar, sentados en la vigilia de nuestro amor, parapetados tras la revolución de nuestros cuerpos y los veinte años que jamás vuelven del mismo modo.
Yo recuerdo tu modo de mirarme cuando caía la aguja sobre el “Te doy una canción”, y recuerdo como tus dedos se enredaban con los míos. Recuerdo mi chaqueta gastada y mi corazón latiendo loco a su abrigo, recuerdo tu libreta de apuntes, tus libros, aquel anillo diminuto de piedra azul regalo de tu padre.
Sería capaz de dibujarte entera en una de aquellas servilletas, sería capaz de hablar con tu voz y amarte como el primer día. Pero soy incapaz de recordar tu nombre, o el mío, o el de esta absurda enfermedad que me arrasa.



Phot CC0 by Daniel Nebreda