sábado, 8 de junio de 2013

El vaho de los cristales


La pequeña explanada fue testigo, en la cima de la colina que, no hacía tanto tiempo, había sido atalaya de contrabandistas, sobre la playa mas cercana a la ciudad. 
En esa playa, que ahora contemplábamos, el fuego devoraba montañas de madera con hambre de hoguera en la vigésimo tercera noche de junio. La gente con la que hacía unos minutos reíamos, continuaba bailando en torno a las melenas naranja de los palés crujiendo, sillas restallando, viejas puertas sin cerradura sucumbiendo a la purga, poseídos por el alcohol que hechizaba la noche, por el jaleo de guitarras y el rumor de olas lamiendo reflejos de luna en la orilla mansa.
Solo una hora antes nos adentramos en ese mar, vestidos solo con la oscuridad y el reflejo de las llamas. Solo una hora antes, bebíamos, cantábamos y saltábamos sobre ascuas como pastores ante barrancos, abrazados o cogidos de la mano, juntos.
Solo unos minutos antes, susurraste a mi oído un te quiero que se arremolinó en mi cabeza y fue patinando directo al cajón de lo esperado, del niño con zapatos nuevos, del décimo premiado, de lo anhelado, arrastrando en su andadura todos los recuerdos del año anterior.
Llevábamos ya casi un año juntos y, durante ese tiempo, habíamos intentado conocernos, estar el mayor tiempo posible juntos, sorteando trabajos, estudios, familias... Conocíamos ya nuestras virtudes, nuestros cuerpos, y cada vez disimulábamos menos nuestros defectos. Casi un año en el que no pasó un solo día en el que yo no te ofreciera un te quiero, ni un solo día en el que tu no evitaras un esto por aquello, una mirada, un gesto de asentimiento. Hasta esa noche.
Cuando paramos junto a la base del mástil que parpadeaba, penacho rojo, el destartalado Opel de séptima mano en el que íbamos a todos lados, ambos tuvimos claro, que lo menos que íbamos a hacer era contemplar noches de bruja.
No perdonamos un centímetro de piel al beso, no dejamos un milímetro de garabato por enrevesar. Abandoné mi cuerpo en tu interior y no pude ser mas yo que cuando me convertí en ti. Abandoné mi alma en tu boca, y aún no he ido a por ella. Abandone mis miedos. Competíamos por la caricia perfecta, por el gemido simple, por el sudor compartido. Arqueamos espalda, vientre y tiempos de reloj. Fuimos flechas, cañones, lenguas y fuegos de artificio. Exploramos sin miedo todas y cada una de nuestras esquinas de ciudad agotada y pendenciera, apurando el ahogo, renaciendo junto al duendecillo de los suspiros, atareados en el disfrute mas allá de la piel, rítmicos, acompasados, bellos, insultantemente jóvenes. Aún hoy, todo este tiempo que ha pasado no ha conseguido acercarme a algo tan precioso y preciado, como lo fue tu sonrisa jadeando en mi cara, cuando juntos nos vertimos.
La luz de un recién nacido día de San Juan intentaba atravesar el vaho de los cristales y, con cautela, por no romper aquello tan parecido a lo que llamaban felicidad, aquello que nos acuchillaba dulcemente, fuimos desenredando cuerpos, y ropa, y besos que no parecían querer saciarse, besos muertos de hambre, empachados de sabor.
Regresamos. Juntos continuamos el tiempo que estaba escrito. No me atrevo a pensar en los años que han pasado desde aquella noche, pero cada vez que el vaho empaña los cristales de un coche, o un reguero de ruidosos chiquillos acumula maderas en un descampado, aquel estremecimiento me recorre, e intenta convencerme de que, quizás, tampoco tu habrás podido olvidar la noche en que también me quisiste.



Photo CC0 by Chrisaram2