jueves, 14 de mayo de 2026

Ratoncito

Hace ya algunos años, ni muchos ni pocos, se vino a vivir en mi un ratoncito tenue y querubín.

Ha sido niña, me dijeron. Como si eso importara. 

Corría por mis huesos, navegaba en su barquilla de risa por mis venas, hizo obras en mi alma, galerías anchas y luminosas del buen querer. Algodonó los nidos de mis recuerdos y en ellos aún duerme cada noche antes de que mis ojos se cierren con las chiribitas de sus primeros pasos, de su primer beso, de su primer "papá".

Muchas veces se acurrucaba en mi como un animalillo leve y cálido y jugaba en la caja de galletas donde guardo los hilos con los que coso mi alma cuando un roto, un traspiés, un que se yo...

Me quita el sueño, pero sigo dejando moneditas bajo mi almohada por oírla trastabillar y descubrir en la mañana que lamparita me regala para reanudar el vivir viviendo.

Continúo dejando cachitos de queso para que me siga, para que no deje nunca de creer que es Campanilla y me llame Peter, o que es lagartija y yo su linde de piedras donde encontrar refugio. Uvas y queso que, como todo el mundo sabe, saben a besos. En eso me afano.

Algún día, enamorada de su libertad y de sus gatos, la hermosa y dulce mujer en que se ha convertido dejará de jugar por mis pasillos. Y eso será porque tendrá sus propios ratoncitos, o mariposas, o abejas o flores. Pero yo seguiré atento al eco de mis huesos, mirando cada mañana bajo mi almohada, oyendo llamar por mi nombre entre campanillas, sintiendo su manita aferrada a un dedo índice que indicaba camino y ahora ya solo señala al cielo. Y soñando con uvas y queso.



domingo, 20 de julio de 2025

Dama de Rosa y Espada

Cuando por fin bajó por la escala de aquel montón de hierro y salitre que la había llevado, presa de un oleaje infame e interminable, desde su tierra a la tierra del futuro y cuando, al fin, en aquella sofocante y transparente mañana de julio posó pie en el reino de María Lionza, sonrió.

El miedo dio paso a una hasta entonces desconocida determinación, a un coraje y una valentía que, a partir de aquel instante, jamás la abandonarían.

Las palmas se inclinaban por verla mejor, algunos flamboyanes susurraban misterios y hubo fuegos de color en toda las buganvillas.

Aquel calor de Caribe dulce acabó de convertirla en la mujer selva y frontera, en la hembra de irrenunciable convicción y valor, en la hermosa amiga y amante que Caracas conoció.

Y trabajo, y trabajo, y trabajo...

Y amor, y entrega.

Cuando regresó a su colorada tierra de folias, alisios y barcos que navegan sin sal, edificó su mundo en el abrazo de los suyos y, como hoy muy bien decía mi niña, convirtió su casa en el hogar de los míos.

Hay en Evelia un ventanal, un jardín centenario y un puzle al que, siempre, le falta la última pieza. Hay en ella una dignidad, una constancia y una verdad que ya quisiéramos muchos para nosotros.

Hoy ha terminado de castigar fotos y estatuillas de todos los santos a los que veneraba y no le hacían caso. Los ha puesto en el patio de las flores a pasar frío. El mismo frío que nos ha quebrado la espalda al saber que se ha vuelto a ir. De su casa. De la casa de las luces.

Hoy, en Caracas, las palmeras no cimbrean, los flamboyanes amarillan y las buganvillas, incrédulas, se abrazan a sus muros.

A quienes quiero, y a mi mismo, nos regaló todo lo bueno que una hermana, madre y amiga es capaz de enseñar, y jamás habrá gratitud suficiente en palabras, o letras como estas, para corresponder.

La tierra de las macetas está gris, los mirlos no brincan desde el mango, no corre el agua en los patios ni barre la escoba hojas caídas. Hay un puzle sin acabar frente a la cristalera y yo creo seguir oyéndola decir: "Don Carlos, a mi lo que me pasa es que, al final, siempre falta una pieza"

A nosotros, al final, siempre nos faltará Evelia.



viernes, 16 de agosto de 2024

Manuel

Cada tarde, al salir de clase, íbamos a tu casa. En tu cuarto hacíamos la tarea, que siempre había. Tu madre nos preparaba bocadillos de nocilla o de mantequilla con azúcar y abría dos cacharros de jugo libis de melocotón. Luego, subíamos los seis escalones que separaban el patio de la pequeña huerta que ella llamaba los renglones. En un renglón, el mas pegado a la pared para poder amarrarlos de las cuatro punchas torcidas que tenía clavadas, había tomates, en otro ajos puerros, otro cobijaba zanahorias hermosas de naranja curioso, cebollas blancas y rojas de incógnito hasta la zafra, ajos, judías y otros verdores.

En la esquina del fondo estaba la higuera, enorme y perfumada. Bajo su sombra matábamos el resto de la tarde. Venían canarios verdinos, y unos pinzones con el pecho azul y el logotipo de unos tenis en las alas que siempre nos tenían cagados por si nos cagaban. Las pocas veces que hablábamos lo hacíamos del pelo de aquella, del balón nuevo de aquel, de la forma de decir "propiedaz" del profe de ciencias, del desapego por las matemáticas y lo bonito de los números. Soñábamos con ir un día donde se tomaron las fotos que daban color al atlas, o con haber estado en los sitios de los que hablaba el libro de geografía e historia.

De vez en cuando, tu eterna madre asomaba la cabeza y nos gritaba que no estuviéramos al sol que se nos secaba no se qué, que por que no íbamos un rato a la plaza. Bajo la higuera olía bien, se estaba fresco y no había que hablar si no apetecía, ni dar patadas a un balón sobre baldosas incordiando palomas, ni llenar el suelo de un rincón con cáscaras de pipas.

Tres tardes después del día en que celebraron mi cumpleaños numero catorce, bajo la cómplice higuera, amparados por su sombra, la ausencia de pájaros, el chirrido del sol sobre las hojas del perejil y la mirada incrédula de los escarabajos, nos besamos. No se quien tomo la iniciativa o ni siquiera si la hubo. Se que fue algo tierno, acunable, redentor, cálido, que me inundó de una alegría que no he vuelto a sentir y que, aunque probablemente duró unos segundos, yo aún estaría sujetando tu cabeza y mirando sin ver con los parpados cerrados mientras tu posabas tu mano en mi costado.

Luego vinieron, arrastrados de silencio, los ojos gachos. Sin atrevernos a mirar, sentados sobre las esteras que pusimos el primer día, yo arrancaba con desgana la hierba a mi alrededor y tu tirabas todo lo lejos que podías cualquier cosa parecida a una piedra que estuviera al alcance de tu mano.

Nunca hablamos de aquello.

Muchos años después, probablemente demasiados años después, mientras unas máquinas mas ruidosas que amarillas derriban la que fue tu casa y vuela por el aire un cartel en el que el ayuntamiento advierte: "Propiedad abandonada. Estado ruinoso, Precaución, peligro de derrumbe", recuerdo tus palabras cuando terminamos los deberes de aquella primera tarde en tu casa: vamos con los demás a la plaza, o al final van a pensar que somos maricas.

Muchos años después, probablemente demasiados años después, entre la polvareda de los muros caídos y la pesadez de mi nostalgia, caigo en la cuenta de que, en tu casa, en la huerta de tu madre, jamás hubo una higuera.


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