domingo, 20 de julio de 2025

Dama de Rosa y Espada

Cuando por fin bajó por la escala de aquel montón de hierro y salitre que la había llevado, presa de un oleaje infame e interminable, desde su tierra a la tierra del futuro y cuando, al fin, en aquella sofocante y transparente mañana de julio posó pie en el reino de María Lionza, sonrió.

El miedo dio paso a una hasta entonces desconocida determinación, a un coraje y una valentía que, a partir de aquel instante, jamás la abandonarían.

Las palmas se inclinaban por verla mejor, algunos flamboyanes susurraban misterios y hubo fuegos de color en toda las buganvillas.

Aquel calor de Caribe dulce acabó de convertirla en la mujer selva y frontera, en la hembra de irrenunciable convicción y valor, en la hermosa amiga y amante que Caracas conoció.

Y trabajo, y trabajo, y trabajo...

Y amor, y entrega.

Cuando regresó a su colorada tierra de folias, alisios y barcos que navegan sin sal, edificó su mundo en el abrazo de los suyos y, como hoy muy bien decía mi niña, convirtió su casa en el hogar de los míos.

Hay en Evelia un ventanal, un jardín centenario y un puzle al que, siempre, le falta la última pieza. Hay en ella una dignidad, una constancia y una verdad que ya quisiéramos muchos para nosotros.

Hoy ha terminado de castigar fotos y estatuillas de todos los santos a los que veneraba y no le hacían caso. Los ha puesto en el patio de las flores a pasar frío. El mismo frío que nos ha quebrado la espalda al saber que se ha vuelto a ir. De su casa. De la casa de las luces.

Hoy, en Caracas, las palmeras no cimbrean, los flamboyanes amarillan y las buganvillas, incrédulas, se abrazan a sus muros.

A quienes quiero, y a mi mismo, nos regaló todo lo bueno que una hermana, madre y amiga es capaz de enseñar, y jamás habrá gratitud suficiente en palabras, o letras como estas, para corresponder.

La tierra de las macetas está gris, los mirlos no brincan desde el mango, no corre el agua en los patios ni barre la escoba hojas caídas. Hay un puzle sin acabar frente a la cristalera y yo creo seguir oyéndola decir: "Don Carlos, a mi lo que me pasa es que, al final, siempre falta una pieza"

A nosotros, al final, siempre nos faltará Evelia.



viernes, 16 de agosto de 2024

Manuel

Cada tarde, al salir de clase, íbamos a tu casa. En tu cuarto hacíamos la tarea, que siempre había. Tu madre nos preparaba bocadillos de nocilla o de mantequilla con azúcar y abría dos cacharros de jugo libis de melocotón. Luego, subíamos los seis escalones que separaban el patio de la pequeña huerta que ella llamaba los renglones. En un renglón, el mas pegado a la pared para poder amarrarlos de las cuatro punchas torcidas que tenía clavadas, había tomates, en otro ajos puerros, otro cobijaba zanahorias hermosas de naranja curioso, cebollas blancas y rojas de incógnito hasta la zafra, ajos, judías y otros verdores.

En la esquina del fondo estaba la higuera, enorme y perfumada. Bajo su sombra matábamos el resto de la tarde. Venían canarios verdinos, y unos pinzones con el pecho azul y el logotipo de unos tenis en las alas que siempre nos tenían cagados por si nos cagaban. Las pocas veces que hablábamos lo hacíamos del pelo de aquella, del balón nuevo de aquel, de la forma de decir "propiedaz" del profe de ciencias, del desapego por las matemáticas y lo bonito de los números. Soñábamos con ir un día donde se tomaron las fotos que daban color al atlas, o con haber estado en los sitios de los que hablaba el libro de geografía e historia.

De vez en cuando, tu eterna madre asomaba la cabeza y nos gritaba que no estuviéramos al sol que se nos secaba no se qué, que por que no íbamos un rato a la plaza. Bajo la higuera olía bien, se estaba fresco y no había que hablar si no apetecía, ni dar patadas a un balón sobre baldosas incordiando palomas, ni llenar el suelo de un rincón con cáscaras de pipas.

Tres tardes después del día en que celebraron mi cumpleaños numero catorce, bajo la cómplice higuera, amparados por su sombra, la ausencia de pájaros, el chirrido del sol sobre las hojas del perejil y la mirada incrédula de los escarabajos, nos besamos. No se quien tomo la iniciativa o ni siquiera si la hubo. Se que fue algo tierno, acunable, redentor, cálido, que me inundó de una alegría que no he vuelto a sentir y que, aunque probablemente duró unos segundos, yo aún estaría sujetando tu cabeza y mirando sin ver con los parpados cerrados mientras tu posabas tu mano en mi costado.

Luego vinieron, arrastrados de silencio, los ojos gachos. Sin atrevernos a mirar, sentados sobre las esteras que pusimos el primer día, yo arrancaba con desgana la hierba a mi alrededor y tu tirabas todo lo lejos que podías cualquier cosa parecida a una piedra que estuviera al alcance de tu mano.

Nunca hablamos de aquello.

Muchos años después, probablemente demasiados años después, mientras unas máquinas mas ruidosas que amarillas derriban la que fue tu casa y vuela por el aire un cartel en el que el ayuntamiento advierte: "Propiedad abandonada. Estado ruinoso, Precaución, peligro de derrumbe", recuerdo tus palabras cuando terminamos los deberes de aquella primera tarde en tu casa: vamos con los demás a la plaza, o al final van a pensar que somos maricas.

Muchos años después, probablemente demasiados años después, entre la polvareda de los muros caídos y la pesadez de mi nostalgia, caigo en la cuenta de que, en tu casa, en la huerta de tu madre, jamás hubo una higuera.


Photo CC0 by wal_172619

martes, 21 de noviembre de 2023

Pura

Se me están yendo a descansar los pilares que, desde siempre, han sustentado el techo que me ampara, aferrados fuerte al suelo que piso, señalándome el camino y el modo de andarlo.

Se están marchando los que, con su vida, me enseñaron a encofrar mis propias columnas para que algún día, quizá, alguien me eche tanto de menos como yo les extraño hoy a ellos.

Se me están yendo a dormir con la sonrisa del trabajo hecho, el regocijo del fruto tras la siembra. Sustento del recuerdo de los que, como castillos aferrados a un acantilado, recuerdos me forjaron.

Se me agarra al pecho aquel salón de la infancia, con el suelo de cemento, sus paredes sin encalar, el roce áspero del bloque visto, el recuerdo de la alegría allí vivida que hizo de mi lo que hoy soy. Corriendo por descampados, diente de león, espigas y ortigas. Y tras la algarabía, el escozor, y tus manos frotando una loción en las aventureras piernas de pantalón corto. Tu mirada severa, sabiéndonos cómplices.

Busca hueco en mi alma una pena que ignoraba tenía, me abre el corazón el recuerdo de aquella risa tuya y el consejo del color, colores vivos a esta casa, que aquí ya ha faltado mucha alegría.

Se me enreda en el alma el recuerdo amable de una playa de mi vida, arenada caleta de calderos al fuego, atardeceres vendimiando conchas, y perlas y collares de espuma. Tibia infancia tan bien vivida.

Solos vamos quedando, solos del esfuerzo, solos de la alegría. Solos de la mirada siempre tierna. Hoy hay dos manos menos que nos ayuden a empujar esta piedra cuesta arriba, y ya van siendo muchas. Y cada vez es mas piedra y mas cuesta arriba. Empinado camino el de hacernos mejores, el de seguir vivos.

Lágrimas y risas, son cosa de ojos. Agradezco el cariño, la ilusión, el apego. El calor grato del abrazo, la caricia sentida, el golpeteo fuerte de la sangre ante el dolor compartido. La risa, el esfuerzo, el llanto, la fatiga se me están yendo a dormir mientras recuerdo como curabas mi paso por aquel campo de ortigas.

Ignorando hasta hoy cuanto te quería, se que te recordaré siempre. Me dejaré llevar por mis muertos hermosos, por otras preciosas vidas, y jamás te agradeceré lo suficiente el que tu parieras a mis primos y me permitieras entrar en sus vidas.