miércoles, 21 de mayo de 2014

Funeral

En mitad de un blanco espacio neutro e indefinido, una blanca taza de váter con cisterna y, a su alrededor, un grupo de hombres que hace corro, dando la espalda al espectador.
En el interior del inodoro, una deposición reciente humea flotando en un charco de orín.
Uno de los hombres viste casulla y estola, sostiene en las manos lo que parece un misal romano con cintas de color que asoman entre los cantos dorados. Está abierto y lee en voz baja. Parece pues, un sacerdote.
Los demás, hasta cinco, visten traje y corbata de color negro y camisa blanca de cuello duro; tienen todos la misma cara, que se refleja en el espejo que cuelga enfrente.
La imagen que devuelve ese espejo va a parar al espejo que tienen a su espalda y de ahí rebota de nuevo rumbo al origen, provocando un efecto de multiplicidad junto con una sensación de vértigo, de personajes atrapados.
Uno de estos hombres porta un ramo de margaritas blancas que va deshojando y, a un tiempo, arroja los pétalos al interior del váter donde flotan en la orina durante un primer instante, para hundirse amarillentos al instante siguiente.
Otro de los asistentes descarga periódicamente el contenido de la cisterna, pero la mierda continúa ahí, y las margaritas no se acaban.
Desde arriba, un ojo gigante, como de cíclope sobrealimentado, observa la escena. De vez en cuando parpadea. El aleteo de pestañas genera una corriente de aire que mueve las páginas del misal.
En un momento determinado, el sacerdote levanta la vista del libro de oraciones y me mira, directamente a los ojos.
Sonríe, y dos dientes de oro se reflejan en los espejos de un modo doloroso e infinito.  


Photo CC0 by Daniel Kirsch

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