domingo, 7 de julio de 2019

La Fuente

La fuente se ríe de nosotros.

En lo mas alto del agua airada hay gotas que luchan por destacar, tocar un cielo indiferente que, irremediablemente, siempre las devuelve a la piedra.

En la casa de mi infancia, cada cierto tiempo, mi solemne y erguido abuelo podaba la buganvilla naranja y rebelde que martirizaba tapias y su equilibrio.

Lo hacía con unas tijeras rojas, con cinta de cuero. Le recuerdo siempre con una chaqueta de bolsillos sin fondo, invierno o verano. Y con una historia para contar.

Comía en la cocina con los chiquillos y allí, tras un flan que para el siempre era moreno, sin dirigirse a ninguno de nosotros en concreto decía cosas como:
"nunca pretendan ustedes ser la gota que mas alto suba; piensen que, como pasó conmigo, la fuente les puede cargar con el plomo de cualquier metralla y eso les lleve a hundirse en lo más profundo de la poza. Quizás, con tesón, consigan encontrar allí la fortuna de unas rojas tijeras de podar, pero claro, eso no siempre y no a todos ocurre..."

Se levantaba pesado, ajeno, y marchaba sin decir adiós. Iba a sentarse junto a la fuente, sin decir hola.

Estos veranos de ahora, que transcurren sin apenas fuentes, suelen traer recuerdos de mis héroes de infancia cuando me encuentro con alguna, escondida y cantarina, entre buganvillas rebeldes y naranja.


Photo CC0 by SimsalabimSabrina

domingo, 30 de junio de 2019

Amaro Pargo

Vuelvo a la triste casa del pasado. Casa de la gran mesa de madera y el malvasía, de la hierba entre las losetas, de los gatos y la lluvia. Casa de paz en el oratorio y bullir en los alambiques.

El tiempo juega conmigo, me cambia los recuerdos de sitio, impidiéndome extrañarte. Me hace mudo, para que escriba.

En el lugar recordado, la casa del capataz y su hijo al que decían "el tonto". Tonto que escapaba cada sábado a los bailes de plaza o taifa y siempre encontraba voluntaria para comprobar la leyenda de su abundancia. Tonto que volvía risueño cada amanecer de domingo mientras yo veía alejarse mi infancia, entre aquella algarabía de botas de goma, tierra mojada, vendimia y castaños, trigo tostado.

Pero con cada uno de mis regresos a esta casa, con cada recuerdo, revive la leyenda del fundador de la finca, que el abuelo narraba con respeto, con devoción casi.

Revoloteo de blancos hábitos que, aunque ligero el paso, hacían crujir entramados suelos de tea centenaria. Balcón testigo de la cercana casa conventual.

Repiquetea la lluvia que se vierte por los aleros, arañas en gabardina, alegrando parcos verodes, musicando la noticia contra la piedra del patio.

El corsario vuelve de una de sus correrías de sal. 

El tiempo juega conmigo, me cambia los recuerdos de sitio, impidiéndome extrañarte.


martes, 21 de mayo de 2019

Menaje de cocina

Salía cada mañana temprano, oscuro aún. Conducía aquel cacharro de décimo quinta mano que más parecía un carro de combate que un coche. El asiento delantero era corrido, de escay rojo. Un infierno en verano, ruidoso y frío en invierno. Había que encomendarse a muchos santos cuando se pretendía frenar. Tenía un maletero enorme que olía a caucho. Se jugaba la vida a diario haciendo más de cien kilómetros por trayecto, entre autovías y carreteras infames. Y luego la vuelta, el tedio de la carretera de vuelta. Vendía cacharros. Menaje de cocina, decía.
Tenía sólo dos pantalones grises desteñidos, un cinturón marrón malparado que se le había quedado grande, cuatro camisas de cuello gastado, dos corbatas azules, una americana raída y un par de zapatos en ruinas. Llevaba un portafolio de plástico verde con fotos de sartenes, cazos y ollas a presión. Nadie le preparaba café al salir, ni le decía hola al llegar.
Visitaba bazares y tiendas de pueblos con nombre sonoro de pasado aborigen. Ofrecía su género con convicción fingida y labia estudiada. Hacía como que no notaba las miradas de conmiseración de sus potenciales clientes mientras explicaba aleaciones de acero y las ventajas de cocinar al vapor. Aparentaba no notar las miradas de lástima, los ojos fijos en sus zapatos, el desagrado ante los cuellos de sus camisas. Su comisión, los meses buenos, cubría gastos. Alquiler, agua, luz, gas-oil...
Comía lo que llevaba de casa en una tartera de aluminio, casi siempre a pie de carretera, bajo la sombra de un laurel o un sicomoro, un árbol de sur. No puedo saber que pensaba en esos ratos, pero puedo casi notar la rabia, la decepción, la tristeza, la soledad. Puedo imaginar el miedo respirando agitado sobre su nuca.
Yo nunca di importancia a todo esto. No me cuestionaba de donde salían las cosas de vestir o de comer, los libros, los zapatos o los médicos, las gafas o las vacaciones. Nunca le dije hola cuando sonaba cansada la cerradura de la vuelta a casa. Nadie me dijo que debía quererle. Nadie me explicó...
Cerca de casa hay, como cerca de muchas casas de mi pueblo, un barranco. Cuando llueve con fuerza, siempre hay una piedra que parece dejarse llevar barranco abajo pero, no se mueve del sitio. Muchos años después, también yo intenté aprender a ser padre.



Photo CC by Min An