domingo, 30 de junio de 2019

Amaro Pargo

Vuelvo a la triste casa del pasado. Casa de la gran mesa de madera y el malvasía, de la hierba entre las losetas, de los gatos y la lluvia. Casa de paz en el oratorio y bullir en los alambiques.

El tiempo juega conmigo, me cambia los recuerdos de sitio, impidiéndome extrañarte. Me hace mudo, para que escriba.

En el lugar recordado, la casa del capataz y su hijo al que decían "el tonto". Tonto que escapaba cada sábado a los bailes de plaza o taifa y siempre encontraba voluntaria para comprobar la leyenda de su abundancia. Tonto que volvía risueño cada amanecer de domingo mientras yo veía alejarse mi infancia, entre aquella algarabía de botas de goma, tierra mojada, vendimia y castaños, trigo tostado.

Pero con cada uno de mis regresos a esta casa, con cada recuerdo, revive la leyenda del fundador de la finca, que el abuelo narraba con respeto, con devoción casi.

Revoloteo de blancos hábitos que, aunque ligero el paso, hacían crujir entramados suelos de tea centenaria. Balcón testigo de la cercana casa conventual.

Repiquetea la lluvia que se vierte por los aleros, arañas en gabardina, alegrando parcos verodes, musicando la noticia contra la piedra del patio.

El corsario vuelve de una de sus correrías de sal. 

El tiempo juega conmigo, me cambia los recuerdos de sitio, impidiéndome extrañarte.


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