miércoles, 1 de abril de 2015

Palitos de tiempo


No consigo recordar cuando comenzó este ábaco de los días, esta bitácora de yeso. Supongo que contando las marcas sería fácil de concretar, al menos en tiempo.
Cada día hago una pequeña incisión, apenas un arañazo del tamaño de un palillo de dientes sobre las paredes de esta habitación. Como un Depardieu soez, atribulado Dantès en el castillo de If, o como unos inmensos Hoffman y McQueen cazando mariposas en la Guayana Francesa, cada siete días cruzo las marcas verticales con otro palito horizontal, y comienzo de nuevo. Día tras día, semana tras semana, creo con mi astilla de haya seca, dura y flexible este galimatías sobre la cal de la pared, este suelo de montacargas, este rallador gigante de cortezas de tiempo. 
Cuando no queda el más mínimo resquicio donde continuar, comienzo con la siguiente pared. Ya estoy en la cuarta. Y cada vez queda menos sitio. La blanca cal de antaño ha arribado en pátina gris.
Del otro lado de estas paredes, en la habitación contigua, han ido cambiando la pintura, el papel decorado, los muebles y las personas. Allí se ríe por fuera y se llora para adentro, se celebran navidades, juegan niños aparentemente felices y ancianos indiferentes hacen cosas aparentemente de anciano. Una mujer cambia el polvo de sitio con un plumero de falsa avestruz, y un hombre en camisilla hipnotiza futbolistas en el televisor.
Repasando los surcos, mirándolos de cerca, reconozco por su temblor o profundidad los que señalan días señalados. Cuando murió la mujer que me dio la vida sin haberme parido, el nacimiento del primer nieto, cuando cayeron las torres sobre los trenes de Atocha o, lo más lacerante, el día que el hijo tierno abandonó la vida en el interior de un coche arrugado de asfalto y campanas mudas de duelo.
Hoy es domingo. He cruzado el último grupo de seis surcos, en el último espacio libre de la última pared. Dejo mi pequeño cincel de haya en el suelo, y me tiendo boca arriba en el centro de la habitación, a su lado.
Pienso que, si esta habitación hubiera tenido techo, allí pudiera haber seguido con el recuento de mis días, con el inventario de mi caducidad. Pero también pienso que me gusta más con este lienzo de estrellas derramadas que ahora me observa. Cierro los ojos y espero. En la habitación de al lado, alguien pone la radio. Son noticias. La campana de un reloj comparte una hora en punto.



Photo CC0 by Pixabay

martes, 27 de enero de 2015

Taller

Cada mañana, entraba casi a oscuras en el taller. La llave siempre estaba sobre el dintel, justo donde la había dejado la noche anterior.
Aquella habitación daba la espalda a la casa, y se creía interesante con su ventana al mar. El suelo estaba sucio. Nadie barrió allí tras la invención de la escoba y, bajo unos platos con bombilla, anidaban tres mesas ultrajadas de cosas, cachivaches, artefactos y herramienta. Olía a horas solas, preciosas y queridas, olía a la playa cercana y vacía, a tesoro encontrado, a vidas perdidas.
En aquel taller, con su herramienta y mi espalda desafiando a la casa, construí nuestra cama, las mesillas, el tocador y la madera que encuadró un espejo. Tardamos en usarlos. Nunca estaban perfectos. La talla inconclusa, irreverente el nudo imprevisto, la veta que se negaba al tono de barniz.
Mientras, tú vagabas en el inapreciable espacio que nos separaba, buscando al hombre que habías perdido. Le buscabas entre cielo y césped, dejando atrás tu sombra, en las caras del mercado, en los sonidos de una noche sin grillos, masticando su ausencia, acariciando sonrientes fotos de boda sobre consolas aburridas de descansillo y transeúnte, cubiertos sin tintineo sobre manteles sin cerco, luz de media vela para media mesa de cenas para uno.
Por fin, la tarde de un martes de invierno, tres veranos después de nuestra boda, instalé los muebles acabados en la alcoba. Tú tendiste sobre la cama la colcha que habías creado, intrincada, compleja de hilos, geométrica y hermosa. Yo puse el espejo sobre el tocador, pendiendo de un clavo solo, ávido, como una ventana al paisaje del revés.
Cinco años después, esos muebles reposan en el trastero de algún amigo que se apiadó de lo que mis ojos sentían cuando los veía. Cinco años después de enterrarte en tu ataúd de talla perfecta, de madera sin nudo y barniz rendido al vaivén de una albura como olas de aquel mar, solo conservo la colcha tejida. Bajo su geométrico reproche escondo mi cama prestada, acaricio la rota fotografía de una boda entre risas. Y conservo, además, el espejo porque, como yo, él tampoco volverá a verte. Cada mañana ese espejo, colgado ahora en la puerta del taller me recuerda que, a mi espalda, estuvo una vez mi casa y una mujer que perdió a su hombre.


Photo CC0 by Grieslightnin

miércoles, 14 de enero de 2015

Me dejaste, viejo

Me dejaste, viejo, y ya no soñé mas en llegar a tener tu fuerza para rescatar princesas bañado en la sangre del dragón que cayó bajo tu espada, que ahora es la mía. Me dejaste solo en esta casa enferma, junto a esta mujer de alma negra.
Me dejaste, viejo, y aprendí a afeitarme de oídas. El espejo dejó de oler a tu loción y no hubo truco del trocito de papel sobre la gota de sangre, ni crines de afeitar navajas, ni navajas de papá.
Me dejaste, viejo, y mi valor mudó en coraje; a mi rabia la aplastaron con mansedumbre. Mi indiferencia parió violencia y los golpes me hicieron huraño. La melancolía de la juventud sin modelo, sin yunta que arase un surco donde sembrar, me llevo a libros turbios a través de los que pude entender tus motivos, pero no abrazarlos. Esos libros contaminaron la poca luz que de ti aun quedaba, y mancillaron mi humanidad, tambalearon mi hombría, mientras la resentida mujer con la que me abandonaste destilaba injurias a mi oído.
Me dejaste, viejo. Este hijo tuyo llamado a ser el poderoso heredero de tus virtudes, este anhelado primogénito que igualaría tus logros e hidalguía, ahora se deshace como niebla al amanecer mientras escribe sus miserias donde todos puedan leerlas. He aquí el niño solo desde niño, que soñaba con un hogar mientras le asediaban harpías abandonadas, humilladas, resentidas. Y tú me dejaste, viejo.  
Me dejaste, viejo, sin enseñarme el mundo, o tan solo el mapa. Ni siquiera el barrio, o a conducir, de las mujeres o a pescar. 
Me dejaste, viejo, y hace años que aprendí a tomar solo el más largo tren que más lejos fuera. Hace mucho que vivo filtrándome en las paredes de esta casa sin ventanas ni corazón, hace mucho que camino por las calles de esta ciudad sin risas, esta costa gris sin mar, resignado a este paseo sin pasado, a estos recuerdos de ti cuando no estabas.
Me dejaste, y ahora, cercano el final, escribo de tu abandono, de todo lo que hubiera podido ser y de todo lo que no hubiera siquiera querido intentar ser.
Escribo a pesar de que me dejaste, viejo, como a la fruta que se deja abandonada sobre una mesa de comer y, poco a poco, mesa, fruta y abandono se van pudriendo, de un modo solo, irremediable.



Photo CC0 by Sweetlouise