lunes, 6 de octubre de 2014

Yo

Simplemente no estás.
Yo tengo al corazón molestando vecinos que golpean los tabiques que me protegen de ellos, y desgastan las suelas del zapato, el bastón o la fregona contra mi suelo y su lámpara, contra mi techo y su orinal.
Y tú no estás.
Decides irte cuando el mundo gira como siempre, cuando tras el ámbar viene el rojo, cuando el frutero limpia cristales en la piel del melocotón.
Nada distinto nos separa, nada corriente se aburre de nosotros. Simplemente continuamos siendo la rutina que se nos presupone, y tú decides desaparecer.
Yo estaba cómodo en este limbo del no lo digas, con nuestros recibos de la luz y nuestros dos polvos rapiditos por semana. Yo me había habituado al sabor de tus comidas y a que me dieras el yogur destapado y con la cucharilla enterrada a media asta, como un hijo predilecto fallecido.
Decides irte sin decirme donde está la llave del buzón, con el bote de Fairy en las últimas, con la regleta gastando en el stand by.
Y yo no entiendo de motivos, yo no quiero pensar en hastíos porque de esa planta ya tengo yo macetas llenas.
Y tú no estás, y en estos tres minutos, yo he escrito la palabra yo ocho veces, como los ocho años que has tardado en dejarme.


Photo CC0 by analogicus

domingo, 5 de octubre de 2014

Me bajo aquí


Mi mundo se queda mudo. Ya no hablo, ni escribo, ni siento ni sentido, ya ni bajo a por el pan.
Mi mundo se queda sordo. Ahórrate el sermón de lo mucho que se pierde sin mí. No puedo oírte.
Ya no sigo al compás de la deriva, yo me bajo aquí. Chófer, la puerta. Aquí donde la marquesina cagada de pájaros hambrientos, aquí donde los ojos no pasan del cinturón, aquí donde me criaron los soñadores estampados de realidad, crueldad de la sopa de sobre para veinte. Aquí. Abra ya.
Ya no sigo. Ya si puedo, pero no quiero. Todo lo que está por venir viene sin asombro, todo lo que de mi espero está aquí, en el origen de mi desacuerdo conmigo.
Terminas siempre volviendo a la raíz. Lo difícil es aceptar en qué estado lo acabas haciendo.
Mi mundo no me habla. Tendrá que ver el que hace tiempo dejé de oírle.



Photo CC0 by Free-Photos

sábado, 4 de octubre de 2014

Ochenta y cuatro - Tercero

Uno de mis dos y únicos amigos. Soy afortunado.
La vida, la suerte, circunstancias, destino, casualidad o como quieran ustedes llamarlo, nos presentó en 1984 en un pueblo mediterráneo, cercano a Nador, con portales modernistas y hierbabuena en el te.
Y así, por uno de esos giros de nuestra estancia en el tiempo, convinieron en el mismo espacio la literatura, poesía, política, el activismo social, rebeldía y diferencia, sensatez y respeto. Coincidieron Llach y Silvio, Espriu y Millares. Juntos se reconocieron de inmediato, y juntos sobrellevaron largos meses de mediocridad entre desterrados que añoraban a su caudillo y su dieciocho de julio, carros de combate y tierra de Rostrogordo en las botas del cuerpo a tierra.
Cuando llegó el librito blanco que marcaba el fin de aquel despropósito, cada uno marchó a su casa con la firme intención de conseguir todo lo que aquella década, para alguien con veinte años, venía prometiendo.
La vida se fue abriendo paso en cada uno de nosotros o, mejor dicho, a través de nosotros. A mi, en ocasiones me empujaba de espalda a mullidos y prometedores colchones, en otras me coceaba de frente y sin piedad contra ásperos muros de piedra truculenta. Y supongo que a el le pasó algo parecido. Como a casi todos. Lo que iba a ser y la mierda que ha sido, como cantó el poeta.
El contacto no se perdió; simplemente se dedicó a ir puerta por puerta, como esos vendedores de ungüentos y otras cosas sabias e inútiles, llamando, confiado en que algún día uno de nosotros dos abriría esa puerta.
Anoche sonó el teléfono, y se deslizó sobre la mesa como una mosca agonizante de Oro Matón. En la pantalla, tras la luz y el ajetreo, el nombre de mi amigo. No fui capaz de responder. Hace tiempo perdí la capacidad de controlar según que emociones, y llorar no alivia si no ves la cara de quien te ve llorar.
Yo te llevo en el pensamiento, hermano, i t´estimo, amic, y espero volver a oír en persona tu voz de cazalla antes que el tiempo y la memoria me diluyan en tinta de otros tinteros.