domingo, 13 de octubre de 2019

Despertar

Hubo mañanas de despertar y no reconocer el pantalón quebrado contra una silla. Hubo amaneceres de sorpresa plegada en tu camisa bajo la cama. Hubo mañanas.
Como yo siempre despertaba antes, hacía trueques con el placer de los instantes. Contemplaba tu cara dormida, el movimiento de tus ojos bajo los párpados, el pálpito métrico de tu pecho, el rubio erizar de tu cuello. Tus labios, curiosos como un niño.
Y recordaba nuestros encuentros en el taciturno parque del verde banco. Tu forma de beber en la fuente, tus calcetines tunos de frotar zapatos, tu luz.
Hoy recuerdo tu sabor. Supe de todos tus rincones, recovecos y cámaras secretas, de lo dulce  hasta el empalago y lo salado mientras despierto. De todos.
Y soy incapaz de olvidar el sabor de tu vida en la comisura de mis labios, el olor de tu cuerpo que me hacía caracola. Ya no consigo librarme del cansado sudor que bendecía tus sábanas, ni de mi empeño en quererte.


Photo CC0 by PIRO4D

domingo, 22 de septiembre de 2019

Canícula

Del techo baja este calor ignorado de azotea asolada que se desquita contra la estancia sombría. A esta hora me rebaño en tu olor, y sigo con ojos deslumbrados la desafiante gota de sudor barranco abajo por tu espalda. De pie, frente a frente, en mitad de la habitación, desnudos de ropa y prisas es la hora de los ventiladores y seguir el curso de nuestro empeño. El naranja de la media tarde acaricia el visillo. Abajo, tras la ventana, cruje de asombro y cigarras el roble que siempre rechazó cintas y corazones tallados.
Nos citamos como presas sin cazador, con recelo de tocarnos, fundiendo el minuto de aire que aún se empeña entre nuestros cuerpos. Yo, enarbolado de antigua mar de leva. Tu, morena de azúcar y pezón inquieto. Como desafío de machete y estridente Amazonia.
Calor que no cesa. Cubierta de hormigón combada de celos, luchando por fundir a unos amantes que se empeñan en fraguar como herreros en prisión. Así, tras las doce campanadas oscuras y la casa abierta como un augurio, comienza a vencernos el aire de perlar rosas. Buscamos las sábanas como la goleta su aparejo. Y el beso. Y el dulce sueño agotado.
Hemos vencido de nuevo la tonelada de motivos que nos separan, balanza infiel. Calor, tiempo, cuerpos y hastío. Soñamos rabia abrazados.



Photo CC0 by Juan Manuel Guisado

domingo, 7 de julio de 2019

La Fuente

La fuente se ríe de nosotros.

En lo mas alto del agua airada hay gotas que luchan por destacar, tocar un cielo indiferente que, irremediablemente, siempre las devuelve a la piedra.

En la casa de mi infancia, cada cierto tiempo, mi solemne y erguido abuelo podaba la buganvilla naranja y rebelde que martirizaba tapias y su equilibrio.

Lo hacía con unas tijeras rojas, con cinta de cuero. Le recuerdo siempre con una chaqueta de bolsillos sin fondo, invierno o verano. Y con una historia para contar.

Comía en la cocina con los chiquillos y allí, tras un flan que para el siempre era moreno, sin dirigirse a ninguno de nosotros en concreto decía cosas como:
"nunca pretendan ustedes ser la gota que mas alto suba; piensen que, como pasó conmigo, la fuente les puede cargar con el plomo de cualquier metralla y eso les lleve a hundirse en lo más profundo de la poza. Quizás, con tesón, consigan encontrar allí la fortuna de unas rojas tijeras de podar, pero claro, eso no siempre y no a todos ocurre..."

Se levantaba pesado, ajeno, y marchaba sin decir adiós. Iba a sentarse junto a la fuente, sin decir hola.

Estos veranos de ahora, que transcurren sin apenas fuentes, suelen traer recuerdos de mis héroes de infancia cuando me encuentro con alguna, escondida y cantarina, entre buganvillas rebeldes y naranja.


Photo CC0 by SimsalabimSabrina