jueves, 28 de abril de 2016

Me rindo

Insisten. Todos dicen que no me rinda, que es una cuestión de trabajo, de esfuerzo y perseverancia, y fe. Nunca te rindas, me dicen. Saldrás de esta, sonríen.
Quedaré mal. No está bien visto pero, aunque decepcione, tras un fugaz mohín de fastidio me olvidarán e irán a arengar a otro para que no se rinda.
Sin sentirlo demasiado, sin exceso de culpa, me rindo.
Voy a dejar que el miedo se adueñe del calendario, que me venza la evidencia del día a día. Paso libre a la vergüenza, la inseguridad, el dolor por lo presentido.
Me permitiré echar de menos lo que fui, lloraré por lo que no hice para seguir siendo y me rendiré a solas y sin ruido.
Dejaré de quererme y llevaré a juicio mis ofensas. Planearé sobre el pasado y cerraré los aeropuertos del futuro. Pediré perdón a los míos por haberles hecho creer que todo saldría bien y que yo siempre estaría en pie, a su lado.
Me ha vencido. Como quiera que se llame esto que me quiebra, ha ganado. Se acabaron las madrugadas sin sueño, los números, los favores suplicados, la conmiseración hundiéndome la espalda. No mas ruegos, ni parches a una barca que se hunde hace demasiados años, ya sin color, ni tablas, ni vela que poner al viento. Hasta aquí. Me rindo.
Y me rindo hoy, porque hoy he amanecido arrinconado en un recuerdo.
Recordé otras vidas de las que también me rendí, y recordé que claudiqué de aquellas por lo mismo que quiero hacerlo ahora.
Yo me rindo para que no seas tu, puta vida, la que me doble la rodilla, y para levantarme mañana sin deberte nada. Renacer cuando y como quiera, porque fui yo quien decidió rendirse cuando y como quiso.


Photo CC0 by pixel2013

lunes, 21 de marzo de 2016

La Viga

Como un muerto. Como un muerto enorme, sin oriente y aterido, el colosal madero mordido de teredos, tibia carcoma que algunos llaman gusano de los barcos, llegó a la costa. Y a ella se abrazó.
Yo no tenía aún edad de contar los días porque la escuela era todavía algo lejano, pero sabía que fue por mayo, porque la tierra olía a jazmines, y pude contemplar desde lo alto del risco el esfuerzo de los hombres por llevar a tierra firme el rectangular trozo de naufragio lejano.
No resultó fácil desencallar la colosal viga de roble de la cortante sierra volcánica que conformaba el bajío, mientras la mar se empeñaba en golpearla una y otra vez, provocando un retumbar de campanas de madera que sonaba con la nitidez de un augurio, arriba, en el pueblo.
Cuando aquella imponente tripa de galeón destrozado, aquel hueso enorme, pecio que se niega a serlo estuvo por fin sobre la arena de la playa, pude acercarme y contemplar de cerca los surcos con los que las “bromas” habían tatuado sus cuatro costados, formando galerías intrincadas y profundas que me recordaron las arrugas que los muchos años faenando en la mar habían tallado en la cara de mi abuelo.
Sin saber muy bien por qué, acerqué mi oído al madero. Pegué la cara al musgo, algas, caparazones y miles de otras rémoras que vestían a aquel náufrago gigante, y pude oír como durante el viaje le flagelaron tempestades sin misericordia, le saltaron por arriba delfines acróbatas. A su paso, los calderones parecían más estúpidos que de costumbre, las ballenas le resoplaban, asombradas, ahogados de ojos vacíos no apartaban de él su mirada desde allá abajo, por donde navegaban.
Y así, sobre la espalda de muy conocidas corrientes de agua cálida, saltando a otras mas frías y sus ramales de retorno, llegó aquella mañana de mayo a la costa de mi pueblo.
Muchos años después, muchos mas de los que me gustaría, me reencontré con el curtido entibo. Era ahora la majestuosa viga de un enorme lagar. Allí, entre las guías, taladrado por el husillo, llevaba décadas compartiendo el secreto del vino, navegando en aguas mas mansas.
Instintivamente, acosté de nuevo mi oído en la conocida superficie herida, y entendí entonces por qué con algunos vinos, cuando los acercas a tu nariz, es como abrir un empapado y rebosante saco de lapas.


Photo by Carlos Hernández

miércoles, 16 de marzo de 2016

Carlos descalzo

Yo me descalzo como peregrino del agua, ya sea de un mar, un sucio charco de lluvia usada o agua cristalina del hoyuelo en una mejilla cómplice. Me descalzo con los vencejos que me guían por delante del cristal.
Me descalzo con la tierna resignación amarga del matemático convertido en tahúr del bingo de barrio, bombo de plástico, alegre caja de secar flores, concurrida asociación de la edad tardía.
Descalzo piso el cielo que observa a hombre mujer o niño en pie y también descalzos sobre el barro y bajo la lluvia, junto a la omnipotente alambrada del sentimiento mas humano.
Cuando hablan del destino me descalzo para andar entre este inmenso osario del mamut expuesto en el de Ciencias Naturales, y creo ser esos delgados hilos de acero que lo componen y sustentan en el acondicionado aire. Mi destino soy yo. Soy yo quien vende, verde uniforme de taquilla verde, las entradas a este museo.
Me descalzo para ir al desencuentro con mi mal andar y, descalzo, recibo los crisantemos que acarician mi mármol.
Sobre este tablón avanzo descalzo para escribir lo que vivo. Van formando los dedos de mis pies las palabras con las que me subo a la caja de madera que es mi atril y mi flor. Sobre ella, descalzo, miro el apartado y solitario lugar del parque donde me han puesto los años, e intento describir la raíz de lo que siento, que ya asoma bajo la hojarasca.
Yo me descalzo, como lo hacía el Carlos niño para correr por la arena de un Médano atemporal y añorado, recolectando conchas para collares nocturnos. Cabezas menudas que por todo aún se giraban. Descalzo para levantar piedras en la costa de un Atlántico pendenciero y retumbón, y cosechar bajo ellas la lombriz de airear Galanas brillantes y peleonas.
Me descalzo para mirarme en los ojos de quien aún me quiere y en los de quien ahora comienza a hacerlo, para recordar la emoción de ser amigo o el placer de ser amado.
Descalzo para vivir, para iniciar en la belleza o concluir en el asombro, para imitar al descalzo y para odiar el asfalto que cubre este mar manso entre nosotros.
Descalzo en la resignación y la rebeldía, descalzo me acuesto. Descalzo pervivo en la lucha diaria por no pisar la húmeda toalla que un todo insistente y uniforme me pide tirar.
Y me descalzo, en fin, para caminar por este césped que ha mudado en gravilla y, con cada paso, con cada hondo crujir de piedra contra mi carne, preguntarme cuál fue la peor de mis ofensas, a quien hice el mayor de los daños para que el inglés tuviera razón y los dioses hayan querido castigarme, atendiendo a mis plegarias.


Photo CC0 by flecher38