miércoles, 15 de abril de 2020

Casa de luna

Los inviernos, uno tras otro, minan por igual mi cuerpo y la casa de luna y muerte. Los inviernos y la casa, las primaveras tristes y los otoños sombríos. Ambos sabemos que tu recuerdo me seguiría a cualquier rincón del mundo.
Entonces, ¿a que este clausurar de puertas y ventanas; para que aventar ajuares o dilapidar recuerdos? Ya la ausencia de tu carne es mi heredad.
Las abejas de la renuncia saben bien como contentar a su reina. Insistamos pues.
Año tras año las colmenas del cobertizo, los pilares del sótano y la claridad de mi entendimiento menguan. Todo nos lleva a ti.
Pronto nos entregaremos al arrebato del viento y los recuerdos con los que abofetea. El rocío dará de beber a nuestra alondra.


Photo CC0 by Waylin

jueves, 19 de marzo de 2020

Supongo

Recuerdo, y no me inquieta demasiado el por qué, la mañana de un domingo en que fuimos a celebrar el acto de graduación de uno de mis hermanos. Aunque supongo que, más bien, fuimos a acompañarle en su alivio. Y en el de mis padres. Y también por dejarnos ver, supongo.
Todo eso del legítimo orgullo y la satisfacción, se lo cedo con gusto a quien le resulte útil.
Mi padre con corbata, mi madre recién salida de la peluquería y yo, con las manos en los bolsillos, atravesamos el césped que conducía en un leve ascenso al brillante trabajo de cantería que satisfacía a la escalinata. Era la Facultad de algo serio y enjuto de letras. Aula Magna de discurso y diplomática orla. Y era un Campus bonito. Verde. Colonial.
Y lo recuerdo, supongo, porque ese mismo césped y la pulida piedra de los escalones habían sido cómplices no hacía tantas noches, de mi primer encuentro con lo más palpable del amor. Cuando uno (por fin) comprende que lo de Platón es pura necesidad y se entrega a la brutal certeza de un vello púbico es cuando, a un tiempo, comprende que todo tiene sentido. Que lo blando es cómodo y lo duro, casi siempre útil.
La ciudad coqueta, la juventud a borbotones, los bares calentitos y el vino tibio. El amor doblando esquinas, guitarras y abrigos gastados. Botas de agua, agua en el cielo y bajo el suelo de mi Laguna amantísima, que por tal siempre la he tenido. Añorada para mi desventura. Tantos libros, tanta impostura. Tanto desear convicción, para acabar suponiendo.
Recuerdo, supongo, porque extraño. Y tanto extrañar supongo que aplasta y oxida vanas conjeturas.
Yo, que ahora sería incapaz de buscar la hebilla de un cinturón a tientas sin poner una mantita antes sobre el césped. Yo, que ya no sería capaz de pescar garabatos en la comisura de según que labios.Yo, que ya no piso un bar ni por penitencia, que enfrío el vino, despliego esquinas por aligerar, tengo cadenita en la puerta y jamás aprendí guitarra. Ese yo, recordó hoy la mañana de un domingo.
Hoy la ciudad ya no es coqueta, y ya no queda nadie por graduarse o, al menos, eso supongo.

Photo CC0 by Kaboompics

jueves, 20 de febrero de 2020

Ebanista

Es el más umbrío rincón de la cueva en que al cabo añejo mi vida. Allí es donde unto esa vida de brea, brocha a brocha de gris raigambre. Allí también crece, feliz y sana, la enredadera del deseo. A las puertas de esta gruta, al amparo de los que vuelan con el ocaso y junto a aliños de seta, planto a diario mi banco de trabajo.
En la cueva afilo mis formones, ordeno mis cepillos, acaricio barrenas y me adentro en la marquetería de tu corazón. Virutas tiernas en el sutil encaje de tu atención. Es así como, de noche, a la luz de la vela que dejaste a medias, tallo tu sombra en el marco oscuro de cristal claro. Y así es como te me apareces contra los espejos enteros de cuerpo entero y presente. Mientras, yo lamo tu ausencia en el filo de las gubias.


Pho CC0 by music4life