lunes, 21 de noviembre de 2016

Tarde de perros

Intento ser respetuoso con todo el mundo. Intento adaptarme a este mundo cambiante, alienado por la tecnología, preñado de jóvenes sin expectativas, viejos sin esperanza, corruptos, meapilas, santurrones y salvapatrias. Intento no dejarme vencer por la estulticia, la carencia de rigor, la práctica inexistencia de un mínimo buen gusto. No mirar las montañas de libros abandonados, los cazadores de hologramas. No mirar a los niños sepultados bajo los escombros de una Siria aplastada por la indiferencia, un Mediterráneo alfombrado de muertos por el desdén. Hacer como todos, mirar para otro lado. Ser normal. Callar.
Los que me conocieron hace unos años, cuando me creía el rey del mambo, sabrán lo difícil que está siendo para mi el cerrar la boca, el asentir ante lo negable, el pasar desapercibido en definitiva.
Siempre que puedo, salgo a pasear por un parque cercano que, por su ubicación y diseño, está destinado a personas que hacen deporte, o simplemente van andando. Pasear, hacer deporte; todo en el interior de una finca agrícola con mucho espacio verde y grato a la vista. En las entradas del lugar hay carteles que, prohíben solo tres cosas: entrar con bicicletas, entrar con perros, cortar flores.
Esta tarde, mientras paseaba allí, me crucé con una mujer joven, de unos veintitantos años a la que precedía un perro sin atar. El perro era de raza mestiza, de porte mas bien pequeño y probablemente con problemas de oído porque, por mucho que su ama lo llamaba con voz insistente y timbre cantarín, el animal hacía mas bien caso ninguno. De hecho, el bicho tenía muy claro que su prioridad en aquel momento era acercarse a mi y olisquear mis calcetines.
Hace ya muchos años en casa nos vimos sacudidos por una desgracia cuyo causante fue un perro y, desde entonces, estos animales son los seres menos gratos para mi que puedan ustedes imaginar. A pesar de mi aversión, mis hijas me regalaron o impusieron hace algún tiempo un cachorro de perra sin mas pedigrí que su forma de menear el rabo. Este tuso convivió con nosotros hasta que, tres o cuatro años después, murió envenenada por un vecino cabrón.
Durante el tiempo que duró nuestra interdependencia (a mi me alegraba su recibimiento, y a ella le alegraba la comida que le ponía), siempre se comportó como lo que era y yo intenté hacer lo propio. Yo me hacía responsable de su conducta y ella no ladraba inopinadamente, no subía a camas ni sofás, no pedía al pie de la mesa cuando comíamos, venía cuando la llamabas y se iba cuando la echabas. Y jamas pidió un suéter de lana.
Volviendo al incidente de esta tarde, cuando el sordo olisqueador estuvo ya lo suficientemente cerca de mi, acudí al socorrido método de dar un zapatazo al suelo y gritar ¡Sale, chucho! El perplejo animal retrocedió e inmediatamente comenzó a gruñir y ladrar. En ese momento pedí a la impávida propietaria que, por cierto, portaba la correa del can en la mano, evitara que este se acercara aún mas a mi, le recordé que era su obligación llevar al perro atado y la prohibición de entrar con el a donde estábamos. La mujer contestaba encadenando repetidamente los monosílabos 'lo sé, lo sé'. A todas estas el perro no se dejaba atar, ni obedecía ni paraba de ladrar, de ladrarme. Creo que repetí varias veces lo de 'es su obligación llevar al perro atado' hasta que esta joven que, evidentemente sabía lo que decía, me acusó de ser el causante del enfado del perro porque le había hablado fuerte y mal, porque el animalito no era ningún bicho para tratarle así y porque, en definitiva, había herido sus sentimientos (aquí no se muy bien si se refería a los suyos o a los del perro).
En ese momento si que no pude contenerme y, en el vano intento de sacarla de su error, le aseguré que aquello era sin lugar a dudas un bicho y que lo que me faltaba por oír es que un ser humano tuviera que tratar con tacto y deferencia a lo que no pasaba de maleducadas mascota y ama.
Mientras se alejaba en dirección contraria a la mía, con el perro al fin atado, aquella aplicada estudiante gritó, lo suficientemente alto para que muchos pudiéramos oírlo, algo relativo a las carencias de glucosa de mi cara y a lo mal finalizados que habían estado los pocos actos sexuales en los que pudiera haber participado (justo al contrario de los muchos en que habría participado mi santa madre).
Cuando me había alejado unos cincuenta metros de aquel aquelarre, sentí a mi espalda un sonido distinto al habitual. Al volverme, comprobé que se acercaban corriendo hacia mi el chucho y su dueña. Él atado, y ella todo lo contrario. Me hice a un lado. Cuando estuvo a mi altura dejó de jalear al perro, le soltó de la correa y, mientras se alejaban ambos sin dejar de correr, gritó: 'y ahora llama a la policía...'
Siento una profunda indiferencia, una absoluta carencia de interés por aquellos seres humanos que insisten en humanizar a otros animales. Así, de esta desafección, surge mi incapacidad para siquiera sentir desprecio por unos, o compasión por los otros.


Photo CC0 by Pixabay

domingo, 14 de agosto de 2016

Tiovivo

Falta apenas media hora para que salga el sol. Los barrenderos llevan ya rato baldeando con 'Zotal' las calles. El sonido de las hojas de palmera, arrastrando el envoltorio de las ilusiones sobre el asfalto, se te va aferrando al sentido como el niño a la falda en su primer día de cole.
Aún resuena el eco de las orquestas derramándose por la ladera del vecino monte, aún se balancean las ristras de bombillas de colores. Un gallo destemplado atronó en la huerta del pobre que vive junto a la plaza, y las campanas de la iglesia continúan mudas de asombro.
A esta hora, el feriante comienza a desmontar su tiovivo. Tiene en la espalda todavía el cansancio de haberlo levantado hace solo una semana, y en los ojos la resignación de los muchos años de carretera y algodón de azúcar, la tristeza de saber que nadie lo continuará en su empecinado reparto de vueltas y vueltas que da la vida, la certeza de morir en feria con las, cada vez menos frecuentes, risas de niño como forense y plañidera.
Se sienta a mi lado, y observa ensimismado la llave inglesa que sobresale de la caja de herramientas. Yo soy el caballito azul, el de las cinchas doradas y la silla roja. Soy casi tan viejo como él y ni siquiera se su nombre.
Comprendo que ha llegado el momento de intentar encontrar un nuevo pueblo, otro santo patrón, una nueva fiesta en la que volver a girar al son del metálico minué y, sin que apenas se note, cierro los ojos y me encomiendo a la magia.



Photo CC0 by Abby Chung 

viernes, 15 de julio de 2016

Arriba y abajo

A mi me parieron sobre una cama de madera oscura en un pueblo al que muchos hoy consideran ciudad, que se derrama por laderas a las que cruza un barranco. Barranco que para en su crecer al llegar a un mar al que ha robado alguna dársena, escollera, puerto y farola.
Esta orografía de escorrentías me acostumbró a conjugar mucho, desde pequeño, los verbos subir y bajar.
Abajo, cerca del mar, estaba el revoltillo de los bancos, el ayuntamiento, los cines y teatros, hoteles, bares sin moscas, pubs oscuritos en calle señorial, grandes paseos, oficinas, puerto y poder. Arriba, nosotros, los barrios. Barrios con sus casas de auto-construcción, bar de la esquina, utilitario, escalera y perro callejero peleón, barberías de Angelito, venta de Don Juan que dice mi madre que se lo apunte, taller mecánico de oídas y uñas negras, campos de fútbol de asfalto en pendiente y te toca a ti ir a por el balón, tendedero de balcón, el trabajo duro sin horas y, al fin, la más común de las vidas. Para que se hagan ustedes una idea, al nombre de muchos de estos lugares les acompañaba el adjetivo 'Alto', cuando no se llamaban directamente 'La Cuesta'. En mi caso, para bajar a la escuela, había que subir.
Con este oblicuo panorama uno decía: bajo al banco, bajo a arreglar papeles, voy a bajar a carnavales, bajamos al cine, para eso hay que bajar al muelle, bajar a tomar algo. Rambla, Castillo, Alameda y Plaza España.
Lo peor de todo esto es que, inevitablemente, había que volver a subir. Normalmente el asunto se solventaba a pie, aunque, en contadas ocasiones, uno podía subir en una jadeante guagua. Yo creo que por eso las guaguas de esta tierra duran tan poco; tanta cuesta las quema enseguida.
En aquel entonces, yo consideraba que los afortunados eran los que vivían abajo y tenían todas aquellas cosas tan útiles y bonitas, y tan cerca, con solo abrir la puerta. Creía, sobre todo al llegar agotado a casa tras subir aquellas pendientes interminables, que lo nuestro era una especie de castigo, que era culpa nuestra no tener garaje, zapatos brillantes, plazas con fuente, rojos flamboyanes o vermú los domingos.
Hasta muchos años después no entendí que éramos nosotros los privilegiados. Vivíamos en la atalaya desde la que contemplábamos, como si fuéramos obesos patrones de tabaco puro y reloj de bolsillo tras la cristalera de su despacho, el afanoso ir y venir de todas aquellas cosas y personas. Desde muchos de nuestros balcones, entre la ropa tendida, se veía mas el mar que la casa de enfrente, la lluvia nos llegaba primero y estábamos mas cerca de un cielo para todos igual de inalcanzable.
Abajo trabajé, aprendí, disfruté y atesoré muchos amigos, pero arriba...
Arriba viví alimentado de mis certezas, que eran cálidas y compartidas, y solo arriba me adornaron los mas sentidos, ahora añorados, amores que en mi vida han sido.


Photo CC0 by Pixabay