domingo, 14 de agosto de 2016

Tiovivo

Falta apenas media hora para que salga el sol. Los barrenderos llevan ya rato baldeando con 'Zotal' las calles. El sonido de las hojas de palmera, arrastrando el envoltorio de las ilusiones sobre el asfalto, se te va aferrando al sentido como el niño a la falda en su primer día de cole.
Aún resuena el eco de las orquestas derramándose por la ladera del vecino monte, aún se balancean las ristras de bombillas de colores. Un gallo destemplado atronó en la huerta del pobre que vive junto a la plaza, y las campanas de la iglesia continúan mudas de asombro.
A esta hora, el feriante comienza a desmontar su tiovivo. Tiene en la espalda todavía el cansancio de haberlo levantado hace solo una semana, y en los ojos la resignación de los muchos años de carretera y algodón de azúcar, la tristeza de saber que nadie lo continuará en su empecinado reparto de vueltas y vueltas que da la vida, la certeza de morir en feria con las, cada vez menos frecuentes, risas de niño como forense y plañidera.
Se sienta a mi lado, y observa ensimismado la llave inglesa que sobresale de la caja de herramientas. Yo soy el caballito azul, el de las cinchas doradas y la silla roja. Soy casi tan viejo como él y ni siquiera se su nombre.
Comprendo que ha llegado el momento de intentar encontrar un nuevo pueblo, otro santo patrón, una nueva fiesta en la que volver a girar al son del metálico minué y, sin que apenas se note, cierro los ojos y me encomiendo a la magia.



Photo CC0 by Abby Chung 

viernes, 15 de julio de 2016

Arriba y abajo

A mi me parieron sobre una cama de madera oscura en un pueblo al que muchos hoy consideran ciudad, que se derrama por laderas a las que cruza un barranco. Barranco que para en su crecer al llegar a un mar al que ha robado alguna dársena, escollera, puerto y farola.
Esta orografía de escorrentías me acostumbró a conjugar mucho, desde pequeño, los verbos subir y bajar.
Abajo, cerca del mar, estaba el revoltillo de los bancos, el ayuntamiento, los cines y teatros, hoteles, bares sin moscas, pubs oscuritos en calle señorial, grandes paseos, oficinas, puerto y poder. Arriba, nosotros, los barrios. Barrios con sus casas de auto-construcción, bar de la esquina, utilitario, escalera y perro callejero peleón, barberías de Angelito, venta de Don Juan que dice mi madre que se lo apunte, taller mecánico de oídas y uñas negras, campos de fútbol de asfalto en pendiente y te toca a ti ir a por el balón, tendedero de balcón, el trabajo duro sin horas y, al fin, la más común de las vidas. Para que se hagan ustedes una idea, al nombre de muchos de estos lugares les acompañaba el adjetivo 'Alto', cuando no se llamaban directamente 'La Cuesta'. En mi caso, para bajar a la escuela, había que subir.
Con este oblicuo panorama uno decía: bajo al banco, bajo a arreglar papeles, voy a bajar a carnavales, bajamos al cine, para eso hay que bajar al muelle, bajar a tomar algo. Rambla, Castillo, Alameda y Plaza España.
Lo peor de todo esto es que, inevitablemente, había que volver a subir. Normalmente el asunto se solventaba a pie, aunque, en contadas ocasiones, uno podía subir en una jadeante guagua. Yo creo que por eso las guaguas de esta tierra duran tan poco; tanta cuesta las quema enseguida.
En aquel entonces, yo consideraba que los afortunados eran los que vivían abajo y tenían todas aquellas cosas tan útiles y bonitas, y tan cerca, con solo abrir la puerta. Creía, sobre todo al llegar agotado a casa tras subir aquellas pendientes interminables, que lo nuestro era una especie de castigo, que era culpa nuestra no tener garaje, zapatos brillantes, plazas con fuente, rojos flamboyanes o vermú los domingos.
Hasta muchos años después no entendí que éramos nosotros los privilegiados. Vivíamos en la atalaya desde la que contemplábamos, como si fuéramos obesos patrones de tabaco puro y reloj de bolsillo tras la cristalera de su despacho, el afanoso ir y venir de todas aquellas cosas y personas. Desde muchos de nuestros balcones, entre la ropa tendida, se veía mas el mar que la casa de enfrente, la lluvia nos llegaba primero y estábamos mas cerca de un cielo para todos igual de inalcanzable.
Abajo trabajé, aprendí, disfruté y atesoré muchos amigos, pero arriba...
Arriba viví alimentado de mis certezas, que eran cálidas y compartidas, y solo arriba me adornaron los mas sentidos, ahora añorados, amores que en mi vida han sido.


Photo CC0 by Pixabay

jueves, 16 de junio de 2016

A quienes amé

Cuando aún no tenía edad de estar orgulloso, ya me enamoraba hasta la sinrazón.
Éramos jóvenes, teníamos el pecho abierto, la cara presta a la sonrisa y la piel suave. Hablábamos poco y demasiado alto.
Una mecánica precisa acarreaba nuestros cuerpos hasta los lugares de amar con bellas vistas a la iluminada ciudad de allí abajo, o a los dulces sonidos del cansado mar rompiendo. Allí nos erizaba la piel el recuerdo fresco del roce clandestino, del escalón de confidencia y mirada de horas antes, y nos empañaba los cristales del coche el convencimiento de nuestra grandeza, la rendición de lo inevitable.
Así amé mientras me consumía. Amé con rabia y determinación, y el amor era como una bienvenida, como una torre de piedras blandas cayendo entre ríos. Las preguntas no necesitaban respuestas, los libros se regalaban con dedicatoria y la música tenía ruido de alambres.
En aquel tiempo de amor y bendita indiferencia por los calendarios y la arena cautiva, hubo últimas filas de cine sin barrio, manos entrelazadas explorándose por no menos anhelada que primera vez en el asiento del paseo, paseo romántico de media tarde a la luz de los helados, amor furtivo de llaves prestadas, casas de amigos, moribundos abrigos de lana bajo el torrente de abril, taberna, mesa y corazón tallado. Y besos, muchos besos convalidando asignaturas de vida.
A la ruleta que jugué entonces, la banca nunca perdió, y aunque intenté morir dos veces por el mismo amor, aunque quise matar el recuerdo abonando la baldía tierra de la noche, poeta aprendiz de nicotina y alcohol, hoy, sordo por mi bien ante lo que me rodea, ante lo que me abraza como abraza al recuerdo el muro de un cementerio, solo conservo gratitud.
Gran parte de lo que fui, y la inmensa realidad de lo que hoy soy, es herencia de aquellos cuerpos, de aquel dolor y aquella ventura. Hoy, parado sobre lo único que tengo, sustentado por mis dos piernas, arropado en el orgullo de recordar cada uno de los te quiero, cada una de las primeras veces, doy gracias a quienes amé por el infinito asombro que aún me produce, el haber también sido amado.


Photo CC0 by Sebastian Voortman