jueves, 5 de mayo de 2016

La calle

Sobre las aceras de esta calle, larga como un final de mal cine, y untada como en la tostada que se empeña en caer por el lado seco, se extiende una gruesa capa de fina harina. Es difícil saber de qué grano procede, pero es blanca y azul, amarilla y verde. Tiene una textura de polvareda, como indeleble torre cayendo. Sobre ella, en su superficie, nadan ayudados de sus muchas patas una miríada de insectos hambrientos, rebozados de secarral, asfixiados de repostería.
Cuando se sobrepone uno a la estupidez de los gorgojos, le da por pensar que, al final de esta calle, probablemente esté la panadería, el ansiado obrador cuyo encuentro es nuestra misión en la senda. Y así avanza hundido de polvo hasta los calcetines, aplastando caparazones desesperados, con la convicción de que junto a esos hornos, sentado sobre algún saco de la multicolor harina, seremos redimidos e invitados al pan del sentido, a la mesa de lo conseguido.

Los pocos que consiguen llegar y hacer sonar la campanilla sobre el dintel de la puerta, son recibidos por los asombrados ojos del panadero que, decepcionado, pregunta de nuevo: ¿tampoco tú traes agua?


Photo CC0 by Oswaldo Ruben

lunes, 2 de mayo de 2016

Puertas

Ahora que lo pienso, siempre he vivido en casas en las que las puertas interiores no cerraban.
Abrumadas bajo el peso de cien capas de pintura, las hojas no entraban en los marcos, los pestillos yacían sepultados en las profundidades de las cerraduras, presos de una mezcla de óxido y tiempo. En las bisagras apenas se adivinaban las cabezas de los tornillos y las manillas, locas por un poco de acción, no accionaban.
Si resultaba imprescindible cerrar alguna, digamos para algo de amor o alguna otra cosa mas intestinal, se recurría al cordón de un albornoz que siempre colgaba de una alcayata atornillada en la cara interior. Se colocaba este apaño, nunca mejor dicho, entre la hoja y el quicio, se presionaba, y listo: intimidad por un rato.
Esto, que pudiera parecer una metáfora, yo lo circunscribo al estricto ámbito de la casualidad. Bueno, a eso, y a que siempre he preferido vivir en casas viejas.
En cualquier caso, salvo para las contadas ocasiones ya referidas, nunca me han gustado las puertas cerradas. Son una señal de prohibido, una advertencia de camino en obras, una vía de escape cercenada.
Ayer, en casa de unos amigos, el anfitrión me sorprendió embebido, abriendo y cerrando una y otra vez la puerta de una de las habitaciones. Era una puerta muy bonita. De roble, con un barniz claro. La manilla era dorada y el resbalón acariciaba el cerradero con dulzura, milimétricamente, hasta cerrar con un sonido seco de madera y cantarín de acero y latón.
"¿Qué haces?", preguntó.

Sin pensarlo demasiado, respondí: "envejecer"


Photo CC0 by Tama66

jueves, 28 de abril de 2016

Me rindo

Insisten. Todos dicen que no me rinda, que es una cuestión de trabajo, de esfuerzo y perseverancia, y fe. Nunca te rindas, me dicen. Saldrás de esta, sonríen.
Quedaré mal. No está bien visto pero, aunque decepcione, tras un fugaz mohín de fastidio me olvidarán e irán a arengar a otro para que no se rinda.
Sin sentirlo demasiado, sin exceso de culpa, me rindo.
Voy a dejar que el miedo se adueñe del calendario, que me venza la evidencia del día a día. Paso libre a la vergüenza, la inseguridad, el dolor por lo presentido.
Me permitiré echar de menos lo que fui, lloraré por lo que no hice para seguir siendo y me rendiré a solas y sin ruido.
Dejaré de quererme y llevaré a juicio mis ofensas. Planearé sobre el pasado y cerraré los aeropuertos del futuro. Pediré perdón a los míos por haberles hecho creer que todo saldría bien y que yo siempre estaría en pie, a su lado.
Me ha vencido. Como quiera que se llame esto que me quiebra, ha ganado. Se acabaron las madrugadas sin sueño, los números, los favores suplicados, la conmiseración hundiéndome la espalda. No mas ruegos, ni parches a una barca que se hunde hace demasiados años, ya sin color, ni tablas, ni vela que poner al viento. Hasta aquí. Me rindo.
Y me rindo hoy, porque hoy he amanecido arrinconado en un recuerdo.
Recordé otras vidas de las que también me rendí, y recordé que claudiqué de aquellas por lo mismo que quiero hacerlo ahora.
Yo me rindo para que no seas tu, puta vida, la que me doble la rodilla, y para levantarme mañana sin deberte nada. Renacer cuando y como quiera, porque fui yo quien decidió rendirse cuando y como quiso.


Photo CC0 by pixel2013