martes, 8 de marzo de 2016

Cuando era como tu

En el último cajón de la cómoda que hay en el pasillo, bajo el gastado álbum de sellos que fue de papá y entre los pliegues del mantel bueno para las ocasiones caras, conservo una fotografía tomada un quince de marzo a los pies del monumento a los vencedores de una guerra entre hermanos, que tu y yo no vivimos.
Sentados en los escalones que llevaban al monolito, un grupo de amigos, aterradoramente jóvenes, posábamos sonrientes para la Leica que nos apuntaba. Todos menos tu. Tu, dos escalones mas arriba, y a mi izquierda, me mirabas.
A mitad de aquel marzo lejano, en aquel monte de pino y brezo en el que la lluvia empapaba de este a oeste, celebrando cumpleaños y complicidad, tu y yo éramos iguales.
Cuando yo era como tu, aún no había cicatrices, y el mundo estaba lleno de velas y bares cálidos, de Silvio y ron.
Cuando yo era como tu, nuestros pequeños corazones sin uso tanto latían contra un asiento trasero, como entraban juntos en el agua mansa de una orilla, o salían de entre los eucaliptos cogidos de la mano.
Cuando yo era como tu, el sol tenía un sonido en espiral y la luz entraba por tu pelo sin pedir permiso, rebuscaba entre las llaves de mi voluntad probando una tras otra, hasta encontrar la que abría mi abandono.
Cuando yo era como tu, nos esperábamos, nos advertíamos y nos aferrábamos al instante del aire compartido, del silencio encontrado, con el profundo asombro del descubrimiento.
Cuando yo era como tu, te amé hasta lo inconfesable, tan solo por imitarte. Cuando éramos iguales, metimos la mano en el fuego, y encontramos agua.
Ahora que soy como yo, de vez en cuando, como hoy, rebusco en el último cajón de la cómoda que hay en el pasillo y me siento a mirar cómo me mirabas. Es entonces cuando me someto a la memoria y su yugo, y sueño con reconstruir lo que fui cuando era como tu.
Ahora que soy como yo, apenas consigo recordar lo que todavía he de escribir para poder acostarme a olvidar temprano.


Photo CC0 by pruzi

miércoles, 10 de febrero de 2016

Sociedad Limitada

A la carrera sin medida hacia el triunfo profesional a cualquier precio le suele acompañar, entre otros, el obligado peaje de la pérdida de afectos, de amigos de verdad. En algunas ocasiones, la vida deja caer en mitad de la calle por la que avanzas veloz y sin mirar atrás, un enorme muro de hormigón contra el que te precipitas. Lo deja caer con ese rumor sordo de lo inevitable, con la brutal contundencia de lo inesperado, y tu carrera se para chirriando, y tu caes aturdido.
Cuando, sentado en el suelo e incrédulo, comienzas a entender que necesitas ayuda, descubres atónito que no hay alrededor mano alguna que te ayude a levantar, o te ayude incluso a saltar el muro y seguir adelante. Presuroso o al paso, pero seguir. Tardas aún algún tiempo en comprender que estás solo porque has ido sembrando tu camino de historias pisoteadas, de entregas traicionadas, afectos mancillados. Tardas todavía mucho mas tiempo en aceptar que ese muro inmenso en mitad de tu camino y que ha desencajado la arquitectura de tus planes, en realidad lo has construido tu, con tu soberbia, con tu desdén.
Estos días, no se muy bien por qué, he pensado mucho en los integrantes de una fotografía que conservo desde hace ya muchos años, y que me permito publicar sin permiso de los fotografiados (otra cosa a añadir a la lista de las muchas por las que tengo que pedirles perdón).
A todos ellos, y a muchos otros como ellos que antes hubo, decepcioné. Por muchos sentí verdadero cariño. Con algunos me creí hasta padre, hermano e incluso amigo; uno de ellos me acompañó mientras me derrumbaba como una torre de naipes entre puertas abiertas, con muchos me reí a carcajadas y seguro que a mas de uno ofendí. Con ninguno de ellos recuerdo haber actuado de un modo completamente desinteresado, haber sido generoso.
Pedir perdón, y no digamos ya obtenerlo, limpia el entendimiento y cura las heridas. Lo que ya no perdón alguno podrá aquietar, son las mal encaradas cicatrices. Como tatuajes paridos en noches de borrachera te dejan claramente dibujado en el alma el haber sido un perfecto hijo de puta. Tatuajes con sus imborrables nombres de novia infiel, o sus marineras anclas que recorrerán, hasta el día en que entregues por fin el petate, fondos de limo oscuro, buscando el enroque de lava profunda y tardía que te ofrezca algo de paz, una leve sensación de quietud, una expiación sobre mar en calma.


Photo by Carlos Hernández

jueves, 14 de enero de 2016

He bajado

He bajado del andamio al que nadie me izó y mis pies perciben la tibia pulcritud de la realidad. Sobre este andamio pintaba con palabras los frescos de una capilla séptima que nadie me había encargado. De esas palabras me convertí en esclavo, del halago por su conveniencia y adorno fui rehén. Quizá aún lo sea.
Hacía ya tiempo que se habían agotado los colores sobre la paleta, que los pinceles gastados alfombraban el suelo, allá abajo, que la cera de mis luces resbalaba por el entramado de tablas y hierros como un alma cayéndose a los pies, dejándome en el silencio oscuro de los abanicos plegados.
Aún no me aventuro a alejarme de aquí. Junto a mí, transita gente que lleva en las piernas la prisa de lo importante y en los ojos la angostura de la inmediatez. Personas que pasan de largo sin leerme ni una línea. Algunas, a pesar de ello, sonríen. Yo paseo nervioso y dirijo continuas miradas al alto techo de palabras siempre inacabadas, de frases eternamente inconclusas, y lucho porque mi soberbia no me lleve en volandas de nuevo escalones arriba, a ser tu favorito, a creerme de nuevo merecedor sin condiciones de que sean repetidos mis ciento cuarenta latidos como un mantra global, tántrico y electrónico.
Y lucho por alejarme de este espejo que me devuelve, en el garabato de un niño, la imagen de un hombre cansado, prematuramente envejecido y hundido bajo el muy prosaico peso de las deudas, de las dudas y de las mucho mas crueles certezas.
He recogido estos días muchas piedras de las muchas que durante años me han lanzado. Tengo ya un buen montón junto al espejo. El día en que a alguno de los seres que me habitan le sonría un futuro, comenzaré a construir con ellas una muralla a mi alrededor, circular y negra como un horno, como un camafeo gastado, inexpugnable y sin posibilidad de fuga, pero con la precaución de dejar entre las piedras una rendija a la altura de mis ojos, apuntando hacia la cortada entre aquellas dos montañas por donde, cada día, se pone el sol.


Photo CC0 by PIRO4D