viernes, 16 de mayo de 2014

Me quedan los domingos

De lunes a sábado, te levantas temprano. Con un suspiro ahogado te incorporas y te quedas un instante sentado al borde de tu lado de la cama. Cada una de esas mañanas sigues el ritual que te has impuesto y miras los verdes números del reloj, formados por alargadas puntas dobles de lápiz fluorescente, para luego calzarte tus chanclas azules. Jamás te he visto usar zapatillas, ni pijama.
Con un leve balanceo tomas el impulso necesario y te pones en pie, camino del baño. Aprovechas el paseo para acomodarte el calzoncillo y su contenido. Desde el baño te oigo murmurar alguna obscenidad. Debo haber dejado algo mal puesto. O has echado en falta un tirar de cadena, o sabe dios que...
Me llega el reflejo de la luz de la cocina y oigo el chasquido del encendedor. Primer café y cigarro.
Vuelves al dormitorio, coges tu ropa del respaldo de la silla, o del armario, y te vistes ante el espejo vertical. En penumbra, como siempre. Solo se oyen tu respiración y la de algún coche que pasa de largo bajo la ventana, con ese sonido de acercarse y alejarse que solo tienen los coches y algunas personas poco corrientes.
Siete y media de la mañana en los lápices verdes. Te vas, como siempre.
Yo me quedo en la cama. No saldré de ella hasta que la luz del otro lado del cristal consume el hacer visibles las ondas del visillo, hasta que los vecinos arrastren de la mano rumbo al coche a sus pequeños aprendices de ciudadano modelo y el martilleo de la ciudad rascándose una entrepierna de lengua pastosa no se haga insufrible, obligándome a claudicar.
Yo me quedo en la cama, acunando la ensoñación, cepillando la larga cabellera del recuerdo de cuando tu y yo éramos menos prudentes, de cuando hicimos frente a lo que parecían altas torres y el tiempo redujo a simples garitas, casi siempre vacías; de cuando nos reíamos en la cara de la cara que ponían quienes ni aceptaban, ni ignoraban, de los que nos auguraban seis meses juntos entre ignominia y terribles escenas de purgatorio.
Yo me quedo en la cama. Revuelvo mentalmente el cajón de tu ropa interior y tus relojes, la percha con tus camisas, tu espuma de afeitar y ese frasquito de colonia tuya tan buena, y tan cara. Me quedo en la cama como quien se tumba en la orilla de una playa infestada de aguavivas, y recuerdo el tiempo en que compartir cama era tan solo una de nuestras muchas aventuras diarias. Lo recuerdo sin rencor ni desesperanza, lo recuerdo porque forma parte de mi, y de ti. Y porque quiero recordar a diario.
También porque, a pesar de toda esta solera de mierda con la que el tiempo ha embadurnado nuestra vida, todavía me quedan los domingos. Y los domingos tu ritual es otro, y te quedas hasta tarde en la cama. Los domingos yo puedo dar la espalda a la luz sobre el visillo y al fluorescente aviso de nuestra levedad. Los domingos puedo pasar horas contemplando los tics de tu cara, el movimiento de tus ojos bajo los párpados cerrados, el rítmico devenir de tu pecho en vida como si lo tuvieras lleno de flores, avispas o tamboriles. Así hasta que abres los ojos y encuentras lo que quieres ver, que aún son los míos.
Me quedan los domingos para ponerme en paz conmigo. Porque los domingos yo, pero esta vez contigo, me quedo en la cama, despierto.



Photo CC0 by josemdelaa

jueves, 8 de mayo de 2014

El camión de madera

Hace muchos, muchos años yo tuve un camión de madera o, mejor dicho, yo me hice un camión de madera.
El artefacto consistía en un montón de tablas con cuatro ruedas de plástico, pasadores, alambre y un palo de escobillón. Y listo, con poco mas ya teníamos una cabeza tractora con remolque articulado. Las ruedas las conseguí en el cementerio de los camiones de plástico amarillo que se alzaba en la colina de los juguetes rotos de reyes pasados. Este prodigio de ingeniería lo había copiado de los camiones idénticos con los que otros chiquillos del barrio jugaban en la calle, bajo mi ventana, bajo nuestro balcón.
Mi padre me explicó como cortar las tablas de una caja de bacalao noruego que bostezaba en la despensa (la caja, no el bacalao), como unirlas con clavos y como pintarlas. Después me prestó un serrucho, un martillo, clavos, una brocha y un bote con restos de pintura azul. Así es que serré con cuidadito que te cortas, clavé con cuidadito que te majas un dedo, y pinté con cuidadito que lo dejas todo hecho un asco.
Y con mi camión pasaba todo el tiempo que la escuela o la estupidez de mis hermanos me permitía. Pasillo arriba y pasillo abajo, transportando en el chirriante y azul entretenimiento juguetes, trastos míos y ajenos, fruta o al gato.
Unos días después se soltó la tabla que hacía de puerta trasera y con el martillo de papá y dos clavos me fui a sentar al balcón para repararlo. El segundo golpe de martillo cayó sobre mi dedo pulgar ignorando por completo la cabeza del clavo. No fue tanto el dolor por el golpe si no la conciencia del peso de mi frustración, las voces de los otros niños jugando en la calle con sus camiones, la extraña y precoz angustia de mi mismo lo que hizo salir de mi garganta el grito, el chillido estridente, agudo y desmedido que paró el tráfico en la calle, sacó a los vecinos de sus casas, dirigió mil ojos hacia el balcón de casa e hizo aparecer a mi madre, mas blanca que el paño de cocina con el que se secaba las manos.
Mamá acudió al timbre de la puerta a tranquilizar inquietos y rogar disculpas a ofendidos, que de todo hubo.
Esa noche, cuando papá llegó de trabajar, yo le esperaba sentado en mi habitación. Oí como mamá le explicaba en la cocina lo ocurrido y como se acercaba después hasta mi puerta. Se quedó allí parado. No dijo nada. Solo me miró con unos ojos cansados que preguntaban.
Meses después se respondieron las preguntas cuando una enfermedad de nombre impronunciable me quitó la vida. Fue una de esas cosas "de repente". Solo se que aquella enfermedad me pidió prestado el aire con el que respiraba y no me lo devolvió mas, quitándome para siempre las ganas de jugar.
La tarde del entierro sorprendí a mi padre sentado a los pies de mi cama, empujando adelante y atrás mi camión de madera, con los ojos perdidos en el dibujo de las baldosas. Cuando comprendí que ni me veía, ni volvería a verme jamás, me senté a su lado y empece a soplarme el dedo pulgar martillado que, de repente, había comenzado a doler, y mucho.


Photo CC0 by DUrban

miércoles, 26 de febrero de 2014

Imagina

En la playa del pueblo donde nació mi madre tenían mis padres una caseta de madera. Era un lugar no demasiado pequeño. Construido y ampliado año tras año con tablas de madera sobrantes o traídas por la marea y planchas de cinc para desviar lluvias y soles altos. El suelo era de la propia arena negra de la playa que era renovado cada verano y se completaba con guijarros cuidadosamente enlazados. 
Separados de la cocina-comedor-estar por unas cortinas había dos dormitorios. El de mis padres, y el mío que era también el de mis primos cuando venían cada fin de semana. La caseta estaba oculta tras unos tarajales y en parte protegida por el saliente de lo que, en su día, fue cueva de piratas y luego nido de contrabandistas.
En esa playa pasé los veranos de mi infancia. Llegábamos a primeros de julio y, cuando abríamos puerta y contraventanas, aquel lugar exhalaba un suspiro de alivio, como un ahogado revivido. Una vez pregunté a mi madre por qué hacía ese ruido la caseta al abrirla. Como su respuesta fue: ¿que ruido?, no volví a curiosear mas en el asunto.
Pasaba los días deambulando entra la arena y la mar, devolviendo a mi piel un color original que se había extraviado durante los nueve meses de escuela, tirando piedras a los lagartos que corrían entre las piedras y los tarajales, llamando a las morenas con cantos de murión, engañando pulpos con trapos blancos, o charlando con el capitán Martín en la cueva. El capitán era un bucanero antillano al que, ya antes de morir en 1827, le faltaba media pierna y un ojo entero. Me gustaba sentarme con el en la boca norte de la cueva y, mientras esperábamos a que subiera la marea, escuchar sus fascinantes historias de navíos, tesoros, batallas y tropelías. El capitán Martín era un pirata extraordinario.
A menudo interrumpía nuestra charla las voces de mamá llamando a comer.
Uno de mis mejores recuerdos de aquella época, no me pregunten por qué, era sentir en las plantas de mis pies descalzos los callaos y la arena fría del interior de la caseta cuando para comer había macarrones con queso, y Seven-Up.
Cada tarde, cuando empezaba a derramarse la noche, en la caja de tomates que hacía las veces de alféizar de mi ventana se posaba Alfredo. Alfredo era una gaviota argéntea que había tenido un pasado intenso, cargado de anécdotas que tuvo la amabilidad de compartir conmigo. Fiel y convencido oyente fui , a pesar de que siempre creí que exageraba un poco. Tenía yo la sensación de que en gran parte exageraba como, por ejemplo, con la historia de aquella vez que salvó la vida de un rey africano que se había atragantado con una espina de pescado, o cuando cruzó todo el Atlántico de un tirón buscando el final del arco iris...
En cualquier caso, era una grata compañía antes de dormir y solo faltaba a nuestra cita los fines de semana porque estaba seguro de que mis primos no creerían sus historias e incluso, probablemente, ni fueran capaces de verle. En eso, yo estaba de acuerdo con Alfredo.
Los martes, tras compartir con mi alado cuenta-cuentos alguna de sus muchas vivencias, salía sin hacer ruido camino del rompeolas natural que protegía nuestra playa del mar de leva. Pasaba con cuidado tras mi madre que fregaba cacharros en la pila mientras, a su lado, Antonio Machín cantaba "Dos Gardenias" y ella hacía los coros. Caminaba los metros del espigón de lava ya conocido por mis pies casi mejor que por mis ojos y, llegando al extremo, me esperaba sentada Lili. Pasábamos cada noche de martes unas horas juntos, hablando del mar, de sus cosas y de las mías. Hacíamos planes que sabíamos imposibles o, simplemente, callados y de cara a una mar ruidosa e inquieta por su lado, calma y silente por el mío, dejábamos pasar la maresía entre nosotros y convertirnos en rocas de sal quieta. Lili se marchaba cuando, a unos metros de nosotros, emergían las cabezas de unos marineros alucinados de música y ahogados de encantamiento que le hacían señas para que volviera. Ella me decía ¡hasta el martes! y desaparecía con un chapoteo en el vientre de la mar calma.
Yo me quedaba recogiendo los pedazos de mi corazón y volvía con ellos a la caseta. Me acostaba enfurruñado en mi cama donde unos solícitos cangrejos sin nombre pinzaban las puntas de la manta y me arropaban.
El martes que cumplí doce años corrí al encuentro de Lili con un trozo de tarta. Ella no estaba, y no volvió ni el siguiente martes ni ninguna otra noche. Papá me fue a buscar horas después y me acompañó de vuelta con su mano en mi hombro, ambos sin decir ni una palabra. En mis manos, de nuevo, mi roto corazón, pero esta vez sucio de lágrimas y merengue.
A partir de ese día comencé a escribir de las cosas y las personas que me pasaban, me sentían o alegraban. De las muertes y continuos renaceres que me encontraron en el camino. No he dejado de hacerlo.
El capitán Martín, Alfredo, Lili y muchos otros que vinieron después, forman parte de mi vida. Si alguna vez tus hijos hablan de ellos, o preguntan por que se queja una casa o una piedra, por que ríe aquella flor...
Recuerda esta historia y hazles sentir como ante un humeante plato de macarrones con queso. Y Seven-Up. Todos los días. Cada día.


Photo CC0 by Gianluca - Dexmac - Pixabay