martes, 21 de mayo de 2019

Caminar tras de ti

Caminar tras de ti.
Ni a tu lado ni de tu mano. Adentrarnos en el alto trigo, harinando las palmas de las manos con el roce de las espigas.
Con los brazos extendidos avanzamos como ángeles sin aeropuerto, espantando conejos y mirlos negros sin harapos mientras tu ríes, y yo te observo.
El sol viene ya a jugar. Se pone a la altura del trigal regalándome tu contraluz tras el mundo y tu pelo como virutas de carpintero.
Te giras y me miras. Alzas los brazos enroscando la luna en su portalámparas, y así anochece. Los grillos resuenan en tu boca cuando al fin me besas.
Quien podría no amarte, si hasta la tierra que pisas detiene su andar por conseguir un minuto mas, construyendo tu antojo. Y mi alegría.



Photo CC0 by stocksnap

domingo, 31 de marzo de 2019

Minuto Doce

Con cada hora que cruje, restalla mi vida en el trazo del minuto doce. Lo hace envuelta en papel de seda, servicial vasallo rendido ante la espada de los otros cuarenta y ocho.
Tras el cristal quebrado de cada ventana, sangra la espalda que me ofreces cuando abandonas colmada el lecho, atiborrada de cicatrices sin dueño.
Calculadora y premeditada, recostada en el letargo de mi indiferencia, te presentas cada tarde desnuda de ropa, abrigada de intención.
Haces de mi lo que yo quiero, disfrazada de lo que tú quieres. Sonríes mientras te vuelan de la boca amapolas, y minutos doce de sesenta.
Es entonces cuando siembran bruces los miedos sobre un suelo cuadriculado y horario, sin dejar cordeles ni miguitas de vuelta, sin creer en regresos ni quiebros de Minotauro.
Es entonces cuando me tomas, cuando me viertes, y nos sacian las docenas. Nos mostramos, nos medimos. Cruje de nuevo una hora y nos cura de nuevo. En el minuto doce.


Photo CC0 by Monoar

miércoles, 24 de octubre de 2018

Balneario


Había un barquito de vela, con su sol y todo, hecho de trocitos de azulejo (¡ay, Calatrava!) en la pared de la entrada. Íbamos a bañarnos con mamá y el cacharro de Nivea muchos días de verano. Papá nos dejaba allí y, por la tarde, nos iba a buscar. Cuando pasábamos frente a Paso Alto, mi viejo siempre aceleraba y chasqueaba la lengua. Cada uno gestiona sus quimeras como dios le da a entender. Recuerdo, sobre todo, la sensación de triunfo extraño y opresor la primera vez que conseguí tirarme de cabeza al agua de la piscina amiga, y no puedo dejar de recordar el Balneario cada vez que me bendice el olor a brea, ducha y chancla. Nunca me perdonaré no haber caído en que aquel edificio tenía forma de barco hasta que ya estuvo en ruinas. A veces, en la vuelta, antes de ir a casa íbamos al Jardín. El Jardín es como mis padres llamaban al cementerio de Santa Lastenia. No se como la idea no caló. Es mas corto, sonoro y gráfico que camposanto, y no digamos ya comparado con cementerio pero...
Allí, mamá espantaba el paso del tiempo de la tumba de mi hermano, y yo, con un asco infinito, tiraba los claveles mustios y enjuagaba los jarrones. Nos gustaba jugar al escondite. Olía siempre de un modo extraño pero pleno de amparo y, alguna vez, interrumpimos el llanto de un extraño. El bañador aún mojado bajo el pantalón, las tumbas aún mojadas de mariposa y crisantemo.


Fotografía del libro "El Balneario de Santa Cruz y sus aledaños" de Carmen Hernández Diaz