martes, 1 de mayo de 2018

Palomas

Quiero escribir sobre la primera vez que el niño que fui pisó la azotea de la casa en que me crie. Del pasamanos de la escalera, la puerta mil pintada y la cerradura de latón, de las losetas del suelo y el musgo, del cuarto de lavar y su olor, del cielo y mi infancia. Eso quiero.
Y de cómo cada tarde, a las cinco, con el arrullo de las presas palomas del vecino sin saludo, el milagro del añil en el barreño de zinc, el improbable éxito de la sábana blanca sumergida en la tinta azul. Las manos de mi madre estrujando. Y el trapo con que limpiaba las liñas.
Del dorso de la mano que cruza su frente y de cuando el resplandor de nuestras sábanas, esas que cubrían las camisillas a mis hermanos y a mi en las tenues noches de grillo y ambulancia. La mano que secaba el resignado aquí estoy. Y el blanco azul del sol a la espalda.
Yo recuerdo una escalera de amarillo emigrante retornado, con un pasamanos enorme para la altura de mis ojos y, sobre él, cien capas de brillante caoba. Y recuerdo el banquito que papá me hizo con las tablas de una caja de sabe dios donde. Y la sombra de la puerta, el rumor de mi barrio.
Quiero volver al vaivén de los brazos de mi madre lavando la ropa en aquel cuarto sombrío y húmedo, al millón de cachivaches que colgaban de sus paredes, a su cara cuando salía al sol para tenderla. Yo quiero volver a mi casa, a mi barrio, al olor de la pintura en las puertas que no abren, al run-run de las palomas, a mi forma de ser.
Quiero, en definitiva, cumplir con lo que quiero, y escribir que recuerdo cuando era niño. Recuerdo como olía el mundo, la inmensa paz que acunaba a mis ojos de ocho años, el amor que había tras las palabras y el bien que me hizo el que me dejaran leer, a todas horas, en mi azotea.

Photo by Carlos Hernández

viernes, 22 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad

Tras caer la tarde, como siempre sin estrépito y tras la línea del mar ya oscuro, un hombre viejo ajusta el doble nudo de su corbata frente a un desconchado espejo de latón sin concha, filigrana o tela de araña.
Tras él, sobre una silla que hace ya demasiado tiempo no se usa, un abrigo gastado de un color extraño y una pequeña caja, con una pequeña tapa, como de pequeños zapatos de niño pequeño.
En el interior de la caja, aun no abierta por nadie, el mas hermoso regalo del mundo.
Resuelto, el anciano sale a la calle, y acomete el frío gris de la ciudad que come acero, nieve, neón y cristal trasero de taxi en desbandada. A pesar del viento, no vuelan globos, ni sombrero o golondrina. A pesar del frío, nuestro viejo, con su pequeña caja bajo el brazo que no le tiene secuestrado un bastón, avanza acera arriba, se cruza con la mujer cabizbaja y presta, junto a su sórdido verdugo que sonríe, el muy cabrón. Se cruza con la madre sin hijo, el joven confuso, el hombre erguido, el perro gacho, el hijo que acaba de perder a la madre, el padre que acaba de entender que esa es su vida, las prisas, el llanto, la calumnia, las alambradas con Siria en pena, el mar glotón, las rayas de tu bandera, el balcón, el megáfono y el geranio, el reintegro, la luz a oscuras, el paro, la situación, el invierno en las botas de siete pasos... y se cruza contigo, que lees esto.
La mañana del veinticinco de diciembre, junto a tu cama, despierta contigo una pequeña caja, con una pequeña tapa, como de pequeños zapatos de niño pequeño.
Confuso, haces memoria intentando poner motivo al hospedaje del cartón sobre tu colcha. Sin mucho pensar, como es tu costumbre, te sientas con la espalda contra el cabecero que gime de pino viejo y colocas la pequeña caja sobre tu pequeño regazo.
Antes de abrirla, sin lógica o motivo alguno, sabes que, en el interior de la caja, nunca antes abierta por nadie, te aguarda el mas hermoso regalo de tu mundo.


Photo CC0 by Adriaan Greyling

viernes, 7 de julio de 2017

Por mi culpa

No hace demasiado tiempo, en un reino muy, muy cercano, vivía un hombre joven que creía saber quién era y lo que quería.
Una tarde, buscando propósito encontró un sueño, y dejó de saber quién era, pero ya nada le hizo dudar de lo que quería.
Ella era, simplemente, el embrión de la absoluta paz venidera, el irremediable bienestar en el que, desde ese preciso instante se convirtió. Y ella le hizo el inmenso honor de acogerle, el impagable favor de amarle, el caro y raro sacrificio de entenderle.
Hoy, algunos años después de que ambos se intercambiaran (muertos de risa) un dorado anillo, aquel hombre joven que se convirtió en lo que ahora soy, recuerda y agradece:
Recuerdo el vértigo, y agradezco tu cuerda.
Recuerdo el miedo, y agradezco tu canción, y el susurro, y la caricia.
Recuerdo los tiempos buenos y agradezco tus rosas.
Recuerdo los malos tiempos, y agradezco tus rosas.
Recuerdo a mis hijas, y agradezco tu generosidad.
Recuerdo lo cotidiano y lo especial, y agradezco tu única vara de medir.
Recuerdo mis ofensas, y agradezco tu perdón.
Recuerdo un recurrente afán por tirar la toalla, y agradezco el recorte de tu silueta a contraluz.
Pero, sobre todo, recuerdo aquel primer amanecer juntos; la radio del vecino vendiendo una misa, y la poco convincente voz del cura que reconocía: "...por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa".
Culpable soy de recordar y de no agradecer nunca lo suficiente el que quisieras entrar en mi vida, y repartir con ella la tuya.


Photo CC0 by Dumitru Culiuc