viernes, 24 de abril de 2015

Contra mi vida

Desde hace unos meses, me sorprendo a menudo dando manotazos al aire frente a mi cara. Me resulta así más fácil apartar los cada vez más frecuentes recuerdos de las acciones, hechos u omisiones más tristes de mi pasado. Recuerdos dolorosos o vergonzantes, que vuelven con nitidez, con una claridad y profusión de detalles lacerante.
Desde hace unos años no comparto, ni converso, ni celebro cumpleaños. Como los pescadores, que no preguntan por qué salir a pescar si no con que hacerlo, transito por mis días con una sensación de exceso de equipaje, de mochilas llenas de piedras inútiles que ni para romper lunas de rabia reflejada servirían.
No tengo nada contra la vida. Simplemente no me gusta la mía.
Desde hace unos días, me sorprendo haciendo balance, rebuscando, intentando encontrar algo más que poner en el plato de lo positivo que ahora mismo está por las nubes, vencido por el peso del otro, rebosante de calamidad.
Hago inventario y meto toda mi vida en una cápsula bajo la lengua, con la lengua la traslado aquí y pienso que, morir ahora, solo y sin logro, sería mucho mejor que arrancado por sorpresa de unos brazos que te abrazaran a la vida. Al fin y al cabo, la muerte solo son huesos calcinados, tristes, olvidados.
Creo que lo que siento, en definitiva, no es más que rabia. Rabia de mirar atrás y solo ver lunas llenas confundidas con sustento, besos como páginas de libro abierto y descuidado, silencios al otro lado del auricular, lascivia vestida para duelo, muebles de patitas en la calle, césped para otros, truco descubierto...
La mayor parte de los días puedo recordar. La mayor parte del tiempo, espanto fantasma a manotazos, como un mimo con dislexia.


Photo CC0 by avi_acl

1 comentario:

  1. No resulta sencillo dejar aquí unas letras cuando en el propio bolsillo sólo hay, palabra a palabra, su misma tierra profanada.

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