sábado, 11 de enero de 2020

Cristina

Contra el espejo negro del aljibe que amamanta la atarjea, se refleja una inaudita luna entera, amarilla y picada de viruelas. Es el primer mes del último año de los veinte primeros.
Apoyada en el recuerdo, resuena una copla en su voz clara de falsete y temblor actuado, tintinean unos pendientes, se escurren unas monedas sobre el plato del café y te arrastra el vértigo de un mantel a cuadros, con sus cortinas, y sus estolas, y servilletas, y cenefas... 
Tras la caseta de la leña, traquetea el pedal de la máquina que no cose sola. Las ñameras invierten en muros de piedra y la mar te recuerda lo que es suyo retumbando en El Roncador.
Un lagarto picotea los higos sembrados al sol de una azotea, y ella hace visera con la mano mientras sigue la maniobra del barco que se arrima quedo, a vomitar turistas, abastos y memoria.
De nuevo entre un revuelo de chiquillos y geranios, déjeme hacerle una trenza, madre, que parece que viene viento.
Hoy ha caído entera la tarde y ella se sienta sola en el mirador. A su espalda, un cuervo la tutea, y frente a ella, ahora si, se extiende un infinito mar que la espera, y la acuna.


domingo, 13 de octubre de 2019

Despertar

Hubo mañanas de despertar y no reconocer el pantalón quebrado contra una silla. Hubo amaneceres de sorpresa plegada en tu camisa bajo la cama. Hubo mañanas.
Como yo siempre despertaba antes, hacía trueques con el placer de los instantes. Contemplaba tu cara dormida, el movimiento de tus ojos bajo los párpados, el pálpito métrico de tu pecho, el rubio erizar de tu cuello. Tus labios, curiosos como un niño.
Y recordaba nuestros encuentros en el taciturno parque del verde banco. Tu forma de beber en la fuente, tus calcetines tunos de frotar zapatos, tu luz.
Hoy recuerdo tu sabor. Supe de todos tus rincones, recovecos y cámaras secretas, de lo dulce  hasta el empalago y lo salado mientras despierto. De todos.
Y soy incapaz de olvidar el sabor de tu vida en la comisura de mis labios, el olor de tu cuerpo que me hacía caracola. Ya no consigo librarme del cansado sudor que bendecía tus sábanas, ni de mi empeño en quererte.


Photo CC0 by PIRO4D

domingo, 22 de septiembre de 2019

Canícula

Del techo baja este calor ignorado de azotea asolada que se desquita contra la estancia sombría. A esta hora me rebaño en tu olor, y sigo con ojos deslumbrados la desafiante gota de sudor barranco abajo por tu espalda. De pie, frente a frente, en mitad de la habitación, desnudos de ropa y prisas es la hora de los ventiladores y seguir el curso de nuestro empeño. El naranja de la media tarde acaricia el visillo. Abajo, tras la ventana, cruje de asombro y cigarras el roble que siempre rechazó cintas y corazones tallados.
Nos citamos como presas sin cazador, con recelo de tocarnos, fundiendo el minuto de aire que aún se empeña entre nuestros cuerpos. Yo, enarbolado de antigua mar de leva. Tu, morena de azúcar y pezón inquieto. Como desafío de machete y estridente Amazonia.
Calor que no cesa. Cubierta de hormigón combada de celos, luchando por fundir a unos amantes que se empeñan en fraguar como herreros en prisión. Así, tras las doce campanadas oscuras y la casa abierta como un augurio, comienza a vencernos el aire de perlar rosas. Buscamos las sábanas como la goleta su aparejo. Y el beso. Y el dulce sueño agotado.
Hemos vencido de nuevo la tonelada de motivos que nos separan, balanza infiel. Calor, tiempo, cuerpos y hastío. Soñamos rabia abrazados.



Photo CC0 by Juan Manuel Guisado